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El primer bebé del año

Fue noticia cuando nació. Había sido el primer bebé del año. En los periódicos detallaban que había pesado 4,200 kilogramos y que medía 54 centímetros. Aparecía en los brazos de su madre. Su padre estaba detrás con la mirada perdida, como si deseara estar en otra parte. La madre tampoco sonreía. En el periódico decían que se llamaría Esteban: pero luego lo bautizaron con el nombre de Yeray. Han pasado veinticinco años. Los padres lo abandonaron unos meses después de que apareciera en aquella fotografía. Vivió en centros de acogida hasta los dieciocho. Desde entonces deambula por las calles buscándose la vida como puede. Duerme en una furgoneta. En su cartera lleva siempre, como hacen los poetas viejos con sus versos, el recorte de prensa en el que se anunciaba su venida al mundo como si fuera un gran acontecimiento.

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Noray

Siempre que perdía un amor se hundía en el sueño. Se despertaba sobresaltado y casi sin poder respirar viendo cómo no llegaba a la superficie por más que moviera las piernas y los brazos. Lograba sosegarse poco a poco, y luego se levantaba, se duchaba y se acercaba a la orilla para comprobar que la marea no había devuelto a nadie con su misma cara. El día que se enamoraba nuevamente, esos mismos sueños navegaban por un mar que nada tenía que ver con aquel de aguas procelosas y profundas. No sabía en qué momento zozobraban, pero sí asumía que cuando naufragaban y ya no encontraban ningún noray al que amarrarse, esos amores se hundían irremisiblemente entre olvidos y pesadillas abisales.

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La primera noche

La primera noche uno tiene que fingir que lleva haciéndolo toda la vida. A lo mejor alguno de los otros también estaba fingiendo. Vas uniendo una borrachera con otra. La historia la habrán escuchado muchas veces: primero pierdes el trabajo, luego a la familia, y más tarde te recogen en alguna casa de un familiar o de un amigo cercano hasta que también se cansan de tus escándalos y de tus resacas. Te quedas con algo de abrigo y con unas monedas y vas adonde siempre veías que dormían otros. Te acomodas en un banco o entre la hierba. Esa primera noche bebes un poco más para no darte cuenta de dónde estás y haces como que llevas en ese lugar toda la vida. Después va pasando el tiempo y ni yo mismo me reconozco las pocas veces que me miro en un espejo o cuando veo mi cara reflejada en algún charco de la calle.