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Nubes

Las nubes nunca pasan de largo. Somos nosotros los que dejamos de mirarlas cuando dibujan formas sobre nuestras cabezas. Tampoco desaparecen las voces de quienes nos precedieron, ni esa energía que vamos dejando por todas partes en cada una de nuestras palabras y en cada uno de nuestros gestos. No hace falta hacer ruido para dejar huella. Probablemente sea la sutileza la que logre afianzar más nuestra presencia. Al final, estés donde estés y hagas lo que hagas, terminarás viendo pasar intangibles nubes por todos los cielos, y verás que en Nueva York o en Lanzarote pasan igual de silenciosas entre la gente. A veces solo hay que encaramar la mirada hacia el cielo para aprender a poner los pies sobre la tierra. Una nube no renuncia nunca a darle forma a un sueño; pero son nuestros ojos los que lo tienen que terminar viendo.

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Semejanzas

Muchas veces te acabas pareciendo a aquello que vas buscando. Quizá ese sea el gran logro de quienes no se traicionan a sí mismos. No importan las metas sino los mimetismos que se asimilan sin darnos cuenta cuando vamos camino de ellas. Si lees serás leído, si escuchas serás escuchado y si ayudas serás ayudado. Y no importa que los otros no devuelvan lo que tú ofreces generosamente. Será siempre tu propia memoria la que te salve. Los epílogos se escriben en las búsquedas de las primeras palabras de los libros que ni siquiera sabemos que vamos a terminar escribiendo. Los milagros también acontecen en las semejanzas.

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Reinicios

A la orilla siempre se llega por vez primera.
Cuando pisas la arena se detiene el tiempo
y tu huella se confunde con la de los pájaros
que llegaron antes que tú a escuchar el rumor del océano.
No hay marea que no borre todo para empezar de nuevo.