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El esclavo

Tenía que escribir un reportaje sobre los esclavos negros que vivieron en la isla en el siglo XVI. Entrevistó a historiadores y cronistas. Recopiló información en bibliotecas y luego acudió a visitar algunas de las zonas en las que había habido ingenios azucareros y plantaciones de caña de azúcar. También le señalaron el lugar exacto en el que estaba el cementerio en el que enterraban a esos esclavos. Él había jugado muchas tardes sobre aquellos campos que seguían milagrosamente a salvo de la especulación que ha destrozado casi todos los pueblos de la isla en las últimas décadas. Sintió un escalofrío tremendo cuando caminó por donde tuvieron que estar las tumbas de los esclavos y enseguida se reconoció como uno de ellos. Lo habían atrapado en la costa de Senegal y lo habían maniatado para traerlo hasta aquellas fincas del norte de Gran Canaria. Él era el otro incluso cuando escribía el reportaje. No podía ser objetivo y habló con el redactor jefe para que se lo encargara a otro compañero. Ahora escribe una novela. Le van dictando sus atávicos recuerdos y reconoce el olor de aquel barco negrero y el dulzor de las cañas cuando las prensaban en los trapiches y en los ingenios.

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Las horas

El tiempo es una entelequia. Contamos las horas como si contáramos monedas, pero las horas vienen desde una lejanía que no somos capaces de concebir con nuestras ciencias. Los pájaros cantaban esta mañana a su misma hora de ayer, y ayer, en una visita a la presa de Las Garzas de Guía, volví a encontrarme con el vuelo de una garza que viaja de Europa a África huyendo del frío. No conoce inviernos ni veranos. Vuela siguiendo la memoria atávica de la naturaleza, ese tiempo que los humanos creemos que nos pertenece sin saber que no somos más que una anécdota en la infinidad del universo.

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La muda

El pájaro está en silencio desde hace semanas. Cada año renueva su plumaje enmudeciendo su festival de trinos mañaneros. Cualquier mañana, con los colores renovados, lo escucharemos cantar desde la alcoba, y sabremos que su silencio fue necesario, que siempre hay que callar un tiempo para volver a entonar un nuevo canto.