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Notre Dame

Montaigne, Victor Hugo, Balzac, Flaubert, Stendhal, Baudelaire o Camus, París, la perfección de quienes trabajaban con una palanca, un cincel y un compás, el sueño de la belleza, todo eso es lo que he sentido siempre en Notre Dame desde la primera vez que la vi, una mañana de primavera de 1991. La imagen del fuego no logra borrar el fulgor de la piedra en la memoria del tiempo.

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Los que pisan la belleza

Pisaba el dibujo que una pintora extranjera había creado en el suelo de la calle de Triana. Era bello, pero eso le daba lo mismo. Lo borraba con su playera de marca como borraría una frase ofensiva que alguien hubiera trazado contra él en ese mismo suelo. Yo me hubiera arrodillado ante aquella imagen bella, pero él disfrutaba con el destrozo. Si la Venus de Milo no estuviera custodiada en el Louvre, cualquiera de esos desaprensivos vestidos como machangos de suburbio neoyorquino escupiría su cara o la destrozarían como mismo borraban aquella cara enigmática que estaba dibujada en el suelo. Si no logramos que se conmuevan ante la belleza entonces sí es verdad que está fallando el sistema educativo, y si la pisotean también falla esa sociedad que estamos creando cada vez más alejada del arte y del pensamiento.

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El escultor

Tanteaba el barro tratando de descubrir los rasgos de quien aún no sabía que estaba siendo imaginado. No siempre tenía suerte. A veces se le escapaba la belleza entre sus propias manos. No dejaba nunca de crear toda clase de seres que luego quedaban a merced de las travesías azarosas de sus propios pasos. Fuera del estudio estaban los museos, las salas de arte y también todas esas calles llenas de humanos que deambulan de un lado para otro. No hay artista que no se sienta un poco Dios cuando descubre rostros que no estaban antes de que él comenzara a modelarlos. Cada mañana, ante el espejo, también se veía como cualquiera de esas esculturas que había soñado mucho antes de que fueran descubiertas por sus manos. Tocaba sus pómulos y su frente como si fuera otro el que lo estuviera creando. Afuera también esperaban los marchantes para ponerle precio a todas las caras.