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Lo que queda

No es fácil de entender, no nos han enseñado, y quizá el juego consista en que nunca lo sepamos; pero habría que agradecer a la vida los buenos momentos que nos regala, la sapiencia de sus cábalas, ese azar que unas veces juega a nuestro favor y que otras veces parece que se empeña en que no veamos nada claro, la existencia como un arcano indescifrable, el amor como única bandera, y un cielo azul de vez en cuando, el rumor atávico de los pinos cuando sopla el viento, y el mismo océano siempre lejano, aunque lo veamos desde la orilla, una utopía que brujulea infalible hacia el mañana, lo que nos regala nuestra mirada cuando aprendemos que todo sucede por algo, que nada se detiene, y que al final uno se conformaría con marcharse con aquel equipaje ligero que escribía el poeta, rememorando, pausadamente, todas las vivencias que un día nos hicieron sentir eternos.

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La fiesta

La fiesta era poder salir a la calle, contemplar una puesta de sol, sentir el viento en tu cara, poder ver a quien añorabas, y también bañarte en la playa o sentarte en una terraza a mirar cómo pasa la gente;  pero, de repente, parece que lo único que importa son las otras fiestas, todos esos bailongos multitudinarios en los que algunos creen que van a encontrar el elixir de la gloria eterna.

Y sí, claro que fuimos dichosos y que brillamos en muchas de esas fiestas de verano, pero no era eso lo que deseábamos a finales de marzo de 2020, ayer mismo, aunque muchos crean que sucedió hace décadas, y es que entonces, recuerda, solo queríamos seguir vivos y poder salir a la calle, y salimos, y nos pidieron que cumpliéramos unas mínimas normas de protección para que el virus no volviera a descalabrar nuestra existencia; pero de nuevo, aunque nos parezca mentira, hay quienes se comportan como arrogantes prepotentes que se creen por encima de los otros seres vivos, y por encima de ese planeta al que volvemos a maltratar sin darnos cuenta de que ese maltrato nos lo estamos infligiendo a nosotros mismos, y vuelven a quebrantar todas las recomendaciones, y a olvidarse del sentido común y del instinto de supervivencia para ir de fiesta,  porque ellos dicen que no pasa nada, que son inmunes, ellos, que hace solo unas semanas no sabían qué hacer entre las cuatro paredes de sus casas, y ahora salen por todos lados añorando la juerga, maldiciendo al destino porque no pueden seguir de farra, y da lo mismo que el personal sanitario siga saturado, olvidado, sin aquellos aplausos que no sirvieron para nada, o que solo sirvieron para asomarse a la calle unos minutos cada día, sí, a aquella calle silenciosa, llena de militares y de policías, a la calle que vio pasar tantos cadáveres, a esa misma calle que hoy toman por asalto como bárbaros verbeneros que encima insultan si les pides que se acuerden de todo ese pasado y que tengan en cuenta que el virus no se ha ido y que no se irá en mucho tiempo, que todo está casi igual que entonces, o que está peor, con más gente sin trabajo y sin recursos económicos, con más incertidumbre y con mucho más miedo.

Solo les preocupa la fiesta, ah, la fiesta, no les preocupa la salud o que nos curemos, y esto es lo que hay, una triste infantilización de buena parte de la sociedad, una pueril manera de entender la existencia, un sálvese quien pueda que solo quiero divertirme como si fuera un icono de un videojuego, un fotograma etéreo de cualquier serie, alguien inmune a los virus y a la muerte, porque durante mucho tiempo solo se se les dijo que se divirtieran y que consumieran, que no pensaran, que no leyeran, que no tuvieran criterio, porque para muchos, no lo olvidemos si estamos encerrados de nuevo en poco tiempo, vale más la fiesta y la alegría mendaz de estar gritando hasta las tantas que la vida, porque alguien les dijo una vez que los que enferman son los otros, y los que mueren, y los que sufren, y quizá ya va siendo hora de que se les recuerde que los otros son también sus padres, sus abuelos y ellos mismos, sí, ustedes son también los otros aunque no se miren nunca en los espejos, ni en los ojos de quienes acabarán muriendo por sus negligencias.

 

Artículo publicado hoy en la edición de papel de Canarias 7

 

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Calle Colmenares

Hay calles que conservan los vientos que ya arrastraban la arena y las hojas secas mucho tiempo antes de que llegaran los humanos a parcelar todos los espacios abiertos. En todas las ciudades uno se encuentra esquinas en las que, de repente, aparece un aire inesperado que nos despabila y que amaga con arrancarnos todo lo que no llevemos bien sujeto. En Las Palmas de Gran Canaria una de esas calles es Colmenares, justo cuando cruzas Bravo Murillo para empezar a recorrer León Castillo. Cualquiera que transite por allí habitualmente conoce lo que cuento. Parece como si no hubiera edificios para impedir que la brisa siga aventando como mismo lo haría cuando allí no había más que un paisaje reseco con interminables arenales. Ese ventanero constante te recuerda que hay ciclos que están por encima de esa presencia egocéntrica del ser humano en la naturaleza. Ese aire lejano acabará barriendo todas nuestras cenizas y seguirá soplando en ese mismo espacio cuando ya no queden rastros de las ciudades o del mismísimo planeta. El viento no solo mueve hojas secas; también nos recuerda el tránsito veloz del tiempo que no deja nada a su paso y que nunca cesa.

A veces me paro en la esquina de Colmenares con León y Castillo y solo tengo que cerrar los ojos para verme como un navegante en medio de ese mar que es la vida o alongado a esa proa que nunca sabes a qué puerto terminará arribando. Tampoco conoces jamás la dirección de tus propios pasos, o los desvíos que tiene previsto el destino en la siguiente esquina o en el próximo cruce de miradas. Los isleños sabemos que los vientos van de una orilla a otra orilla del océano. En medio solo encuentran rocas que salieron de la nada. Nosotros construimos grandes edificios y soñamos el futuro como si fuéramos eternos; pero cualquiera de esas ráfagas que atraviesa las calles sigue reconociendo lo efímero y volátil de nuestra presencia. Y no es para pesimismos para lo que uno razona cuando escucha el viento que no cesa nunca aunque parezca que todo está en calma. Lo que genera esa revoltura de papeles viejos en las aceras son unas ganas infinitas de vivir sabiendo que no hay nada que detenga al tiempo. También nos recuerda que solo somos navegantes a merced de todos los océanos. Ese aire me trae a la memoria la palabra chirote que nombraban mis abuelas, aquel mismo chirote que me encuentro siempre que cruzo la calle Colmenares a la altura del antiguo muelle que estaba frente al parque de San Telmo. Solo las palabras reaparecen o se mantienen vivas en el eco de todos los recuerdos. Nuestros antepasados más remotos aprendieron a convivir armoniosamente con la naturaleza. Ellos ya sabían, aunque no lo dejaran escrito en ningún papel ni en ninguna piedra, que todo lo que acumulamos no es más que polvo que algún día removerá el viento.