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Una isla a la que todos cantan y  nadie protege

Hace unos días escribí sobre nuestra responsabilidad medioambiental. Y sigo manteniendo lo que expuse: tenemos un grave problema de educación en Gran Canaria que, poco a poco, se hará visible en todos los ámbitos, en lo cotidiano, en el cuidado de los árboles y en la propia urbanidad, en lo que uno se encuentre cada día en la cola del supermercado o en la playa. Ante esa situación urge un esfuerzo colectivo más allá de las siglas políticas y de las alicortas miradas electorales. Urge pensar en el futuro para que no nos encontremos con incendios como el que comenzó en Valleseco.

Confucio decía que quien comete un error y no lo corrige comete un error mayor. El primer incendio fue fruto de la irresponsabilidad de alguien que no debía haber soldado en días de tanto calor y de tanto viento. Pero ya todos intuimos que aquel pequeño conato se había ido de las manos y que quizá no se había actuado con la diligencia debida. Pero hubo suerte porque afectó sobre todo a matorrales y monte bajo.

Seguidamente un pirómano prendió fuego en Cazadores, y ahí sí que ya hay responsabilidades de quienes tienen que vigilar la cumbre y de quienes tendrían que tener controlados a los pirómanos en los días de máximo riesgo. Quien ha pasado por un medio de comunicación en Gran Canaria en los últimos veinte años sabe que cada año, y a veces varias veces al año, ese pirómano actúa en Cazadores. En veinte años han tenido tiempo de encontrarlo y de vigilarlo, pero ahí seguirá prendiéndole fuego al monte cada vez que quiera.

Pero en este tercer incendio tiene que haber responsables ante la incapacidad para detener el fuego y, sobre todo, ante la que parece una nefasta política de prevención. El fuego salta de un bosque a otro bosque como si nadie hubiera establecido barreras para cuando llegaran situaciones como las que se están produciendo. Un pirómano, una colilla, un cable de alta tensión, la baja humedad, los fuertes vientos y las altas temperaturas no son hechos azarosos. Todo eso puede pasar en cualquier momento, y para ello se entiende que están las políticas de prevención, para evitar que los desastres sean incontrolables y para tratar de paliar los daños si llegara el caso. Sin embargo contemplamos impotentes cómo el fuego pasa de un barranco a otro barranco, de un bosque a otro bosque y de un municipio a otro municipio sin que encuentre zonas en las que no halle nada que quemar. Ante nuestros ojos atónitos está desapareciendo para siempre el paisaje de nuestra memoria. Esta vez no podemos quedarnos de brazos cruzados. Nuestra responsabilidad medioambiental exige explicaciones coherentes, lógicas y entendibles. No las tenemos.

Estamos a merced del azar y del trabajo denodado de quienes están arriesgando sus vidas en estos momentos para tratar de detener esta catástrofe natural. Todo mi apoyo a las personas que ahora mismo están cerca del fuego. Pero no podemos olvidar todo esto dentro de tres o cuatro meses: si lo hacemos se repetirá de una forma cada vez más virulenta. No se puede jugar ni con el fuego ni con el paisaje. Este incendio es un aviso, un terrible aviso que se ha llevado por delante miles de árboles y de pájaros, conejos, cabras, gatos o perros que han sufrido las consecuencias de nuestras negligencias: o reaccionamos como sociedad y dejamos de mirar para otro lado, o llegará un día en que no podremos seguir viviendo en esa Gran Canaria que muchos cantan y que tan pocos cuidan y defienden más allá de las palabras.

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El escritor que se sueña

Nadie es imprescindible, pero no imagino esta vida sin la música de Mozart o Beethoven, sin los textos de Cervantes o de Galdós o sin los cuadros de Goya o de Hopper. Habría miles de nombres imprescindibles, y si nos movemos en lo cercano esa reata sería interminable con familiares, amores y amigos engarzados para siempre en nuestro recuerdo. Al final la vida no es más que un eco de nombres que nos salvan. Si hablamos de literatura sería casi imposible no concebir la existencia de Jorge Luis Borges. Yo creo que el escritor argentino ya formaba parte del canon literario muchos siglos antes de haber nacido. Vino al mundo en Buenos Aires, pero hay gente que nace universal en cualquier punto del planeta. Es cierto que su voz y el tono de sus relatos y sus poemas tienen un fondo lunfardo y rioplatense; pero su cultura, sus lecturas y sus viajes lo convierten en uno de los escritores indispensables en cualquier manual de historia literaria.
No llegó con el boom latinoamericano porque él ya estaba muchos años antes, sentado con Bioy en cualquier café bonaerense o rastreando entre leyendas celtas o islandesas. Todos fuimos por lo menos una vez a Borges, y en mi caso sigo volviendo cada vez que puedo. Hay cuatro escritores latinoamericanos de antes de ese boom mediático que se quedaron resonando para siempre en mis adentros. Cierro los ojos y recuerdo sus textos como si los escuchara a ellos: Borges, Onetti, Rulfo y Carpentier. No me gusta juntar escritores ni por edades ni por procedencias. Hay poetas actuales que coloco en mi biblioteca junto a Marco Aurelio y escritores de hace siglos que identifico con Auster o con Murakami. Creo que lo que hay es un parecido en la búsqueda y en el trazo de cada palabra, en ese fondo siempre insondable que aparece al final de cada frase. Borges, además, sabía mucho de esas combinaciones eternas y azarosas de las bibliotecas o de los libros que van girando por el mundo hasta que llegan nuevamente a tus manos cuando son imprescindibles para no extraviarnos en la mediocridad de lo que otros quieren hacer pasar por importante. La biblioteca como un gran laberinto, un deseo de perdernos y de que no nos encuentre nadie, como cuando los niños cierran los ojos creyendo que los demás no podrán encontrarlos: escondernos mientras revivimos cada uno de esos otros mundos a veces inquietantes, a veces mágicos, y casi siempre clarividentes y necesarios, que solo encontramos en los libros.
Para Borges, Internet hubiera sido como una especie de milagro parecido a aquella biblioteca interminable que él contó tantas veces; pero para nuestra desgracia, Internet no está lleno de libros sino de redes sociales y de bulos que se multiplican confundiéndonos en el ruido mediático. Recuerdo a Funes el memorioso, un relato al que vuelvo una y otra vez como quien regresa a Ítaca para saber que uno pertenece a alguna parte y que venimos de esa literatura y de esos relatos que nos deslumbraron a los veinte años: los gauchos del Sur, Juan Dahalmann, el lunfardo que resonaba en la voz de muchos personajes y también los poemas que hay que leer y releer para seguir encontrando pistas más allá de cada una de los versos. Borges fue un ciego que habló y que escribió de la ceguera mucho antes de perder de vista a las palabras. Por eso creo que escribía con ese eco que se queda en tu mente como se queda la música que perdura en la memoria. Y paradójicamente, como aquel Pierre Menard que en uno de sus relatos quiso reescribir el Quijote, hoy en día te encuentras a Borges como esas malas copias de las marcas de moda que falsifican en China o en Vietnam. Te adentras en las redes sociales y cada dos por tres te aparece una supuesta cita de Borges adornada con alguna foto hortera o coloreada. El escritor argentino se hubiera divertido mucho con ese juego tan parecido a la cábala de algunos de sus relatos. Casi nunca hay que volver a Borges para leer a Borges porque sus textos se quedan en tu memoria para siempre. Como Ireneo Funes con sus recuerdos, nosotros tampoco somos capaces de olvidarlos. Incluso podría decir que Borges sigue escribiendo en cada uno de sus libros. Borges no se lee: se sueña mucho más allá de las palabras.

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La inmediatez

Nunca voy a negar las ventajas que nos ofrecen las nuevas formas de comunicarnos. Me veo hace treinta años moviendo una antena de radiocasete en Londres para poder escuchar Radio Exterior de España o cuando tenía que esperar hasta el día siguiente para leer un periódico español. Las noticias de Canarias solo llegaban cuando eran importantes o a través de llamadas telefónicas que costaban un ojo de la cara. Eso no sucedió hace muchos años, pero me parece mentira cuando me veo hablando en tiempo real con un amigo de Londres o de Nueva York a través de las pantallas. Esos milagros hay que saber valorarlos y casi aplaudirnos como seres humanos por haber logrado lo que era una utopía hace un par de décadas.
Pero en medio de esa vorágine que deja anticuado el aparato que ayer mismo era lo más fetén de la tecnología, también creo que nos estamos perdiendo en la inmediatez de nuestros propios actos. Solo nos movemos por lo que los periodistas conocemos como noticias de alcance, por esos flashes informativos de última hora que avisan de un suceso luctuoso, de una dimisión o de un ganador de la lotería en un pueblo cercano. Pero luego esas noticias, para ser noticias, requieren del sosiego, de la búsqueda de fuentes fiables y de ese background, o recuerdo de todo lo sucedido relacionado con esa noticia, tan necesario siempre para situar cada hecho en su contexto. Ahora vamos pasando de largo por las noticias, mareándonos entre titulares y alejándonos cada vez de la necesaria reflexión y, sobre todo, del contexto. Sabemos mucho más y, sin embargo, conocemos mucho menos. No es un contrasentido ni un oxímoron lo que acabo de escribir. Hablo por experiencia propia y por lo que observo a mi alrededor. Ni siquiera salimos a la calle a comprobar si es verdad lo que nos cuentan en esas pantallas que parpadean a todas horas.