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La carrera

Los corredores de larga distancia tienen sus momentos de decaimiento, de cansancio y, en muchos casos, sienten deseos de abandonar y de rendirse. En esas carreras, la resistencia mental es casi más importante que la física. Nosotros estamos inmersos en ese reto y ahora mismo, además, nos encontramos en esos tramos intermedios, lejos de la salida y sin ver aún la cercanía de la meta, en los que cuesta mantener el ritmo, la respiración y el vigor suficiente para que nuestras piernas sigan adelante. Los grandes corredores son los que han vencido muchas veces ese decaimiento. Luego saben que los metros finales serán una fiesta, otra prueba superada, un aprendizaje nuevo de la vida, la certeza de que si resistimos y luchamos siempre se llega a la meta deseada. Da lo mismo que esa meta, como el horizonte del mar, nos parezca muchas veces que no se alcanza. Siempre se llega si no se desespera y si somos conscientes de esos inevitables titubeos del cuerpo y del alma.

No le hagas caso al público, sobre todo a ese público chillón, insultante y pendenciero, que ha ocupado las aceras en este tramo del recorrido. Ellos no conocen la fuerza del deseo, la entrega, ni tampoco saben que esta carrera realmente la estamos corriendo para intentar que se salven otros. Piensa en ellos cuando aparezcan los desfallecimientos. Aprieta los dientes, recupera la serenidad y sigue adelante con la mejor de tus sonrisas. Ya luego tendremos tiempo de analizar todos los detalles de esta carrera. Si te detienes ahora, perderemos todos.

 

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La insistencia de los átomos

La felicidad no estaba lejos. Estos días de encierro nos damos cuenta de que siempre depende de nosotros esa sensación de sentir que la vida no pasa de largo y de que somos capaces de adaptarnos a sus virajes de rumbo, a sus aceleraciones y a sus frenazos inesperados. Un frenazo inesperado hace que la inercia remueva todo lo que parecía que iba a durar siempre. Lejos de los horarios y las rutinas, ya somos cada uno de nosotros los que debemos marcar la disciplina para que nuestros biorritmos no se disloquen. A lo mejor hacía tiempo que nos habíamos olvidado de buscarnos y de rastrear en lo profundo de nuestras almas, de nuestros recuerdos y de todos esos sueños que fuimos dejando por los caminos sin darnos cuenta. Seguimos con los miedos, con las incertidumbres y con el asombro ante lo que acontece estos días en el mundo. No es fácil abstraerse ante tanto dolor, tanta muerte y tantos vaticinios económicos funestos. Quizá nosotros, además de estar atentos para que nadie aproveche esta situación para coartar nuestras libertades más allá de la cuarentena, sí tenemos la encomienda personal de generar nuestro propio espacio de felicidad a nuestro alrededor.

Estar vivos y estar sanos es en estos momentos lo prioritario, y a partir de ahí ya tendremos tiempo de buscar un futuro y un mundo en el que podamos disfrutar de esa salud los que tengamos la suerte de seguir vivos después de esta batalla. Va a ser falta mucho esfuerzo, mental e imaginativo, y mucha capacidad de motivación, para afrontar lo que vendrá mañana, pero ya sabemos que el mañana, como el ayer, no es más que una entelequia de los humanos para creer que lo tenemos todo controlado, y no, no controlamos lo esencial, que es nuestra propia vida: cuidémosla y cuidémonos.

Esta vez los logros personales se cruzarán con los colectivos. No nos podemos curar nosotros sino todas esas personas que siguen arriesgando sus vidas a diario. Lo colectivo, lo solidario, lo público, lo que es de todos y para todos, será quizá lo que comience a marcar ese cambio necesario que derive de esta pandemia tan inesperada como la gran noticia que podría cambiar nuestro destino dentro de un rato. De momento, sí depende de cada uno de nosotros la armonía del pequeño espacio que habitamos, todas las ondas electromagnéticas que puede generar nuestra manera de mirar lo que tenemos delante, esa extraña vibración que nos recuerda que no somos más que átomos creados en las estrellas.

 

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El tiempo, los viejos y los malnacidos

El tiempo no es más que una entelequia, una añagaza de los humanos para intentar darle sentido a la existencia. La existencia es eterna estemos o no estemos nosotros para contarla. También las edades son mendaces y casi nunca se ajustan a lo que se espera de los dígitos que se van sumando. Estos días se habla mucho de los viejos, de los mayores y de los ancianos como si al nombrarlos tuviéramos que buscar eufemismos, como si no fueran nuestros padres o nuestros abuelos, o como si no fuéramos nosotros mismos en cualquier momento, en un parpadeo, como te podrían contar ellos que ha sido el recuento de sus años.

Pero esa supuesta vejez tiene poco que ver con la ilusión de estar vivos, de seguir aprendiendo y de continuar disfrutando de cada segundo que se viva. Quizá estos días nos sirvan para recordar quiénes somos y para saber que el tiempo es tan relativo como ese azar que te cambia el escenario con tres noticias inesperadas. No son nuestros mayores los que se están muriendo, lo estamos haciendo cada uno de nosotros con ellos. La sociedad que hemos creado estaba realmente enferma y se creía lo más fetén por apartar en un rincón del olvido a los más sabios. Ellos son los que nos dejaron el mundo que habitamos, todos estos años sin guerras, la bonanza económica y la democracia, esa igualdad y ese respeto al otro que nosotros hemos incumplido y que estamos incumpliendo ahora observando sus muertes como quien asiste a un espectáculo lejano, como si no nos concerniera por no tener su edad, como si nosotros estuviéramos a salvo. No, nadie está a salvo, mientras haya seres humanos muriendo solos y, en muchos casos, sin medios para atenderlos.  Y lo peor es que encima haya malnacidos que jueguen con sus ataúdes y con sus penas para hacer esa política que no fue la que nos enseñaron ellos.