Publicado el

Tortícolis

Aprendió poco a poco a entender que casi todo lo que sucede es inevitable. Al principio quiso nadar contra todas las corrientes y estuvo a punto de ahogarse un par de veces en medio de ese océano revuelto que es nuestro propio cerebro cuando se descontrola. De niño le encantaba ver todos aquellos capítulos del Correcaminos y el Coyote. Entonces no entendía que el destino y la suerte también juegan un papel muy importante en nuestra vida diaria. Ninguna de las trampas pudo detener a su héroe de la infancia. La maldad no ganaba nunca. Es cierto que luego se ha encontrado a más coyotes que correcaminos en los despachos enmoquetados o en las inauguraciones oficiales; pero sabe que solo están de paso y que al final acabarán cayendo en su propia trampa.
No se agobia; aprendió a esperar las consecuencias de los supuestos desastres cuando sufrió su última tortícolis. Apenas había podido pegar ojo y se movía por la ciudad como un zombi desorientado. Solo podía mirar hacia el lado derecho. Gracias a esa imposibilidad de movimientos se pudo dar cuenta de que toda la vida había pasado por las mismas calles mirando hacia el otro lado. Descubrió nuevos escaparates, nuevos árboles en la acera, nueva gente que le saludaba y hasta una nueva cafetería en la que ahora desayuna casi a diario.
También la descubrió a ella. De aquella tortícolis había nacido un gran amor que no hubiera descubierto nunca si hubiera estado mirando hacia la acera de la izquierda. Ya no se agobia cuando le duele una rodilla o empieza a llover inesperadamente. Sabe que será por algo, aunque muchas veces ni siquiera llegue a enterarse de esas variaciones mínimas en su destino diario.

Publicado el

Una pena técnica

Los días son distintos cuando caen flores a tu alrededor. Donde vivo no nieva nunca, por eso los recuerdos no acaban de congelarse en el tiempo. Caen flores y yo me imagino que está nevando aunque vaya en mangas de camisa. Camino despacio, como si mis pasos quisieran imitar la cadencia de esas flores que luego pisotean los peatones con la misma indiferencia que pisan los papeles o los plásticos. También me detengo cuando hay hojas secas en la acera. En donde vivo hay hojas secas y flores todo el año. Las estaciones las lleva uno dentro, todos esos inviernos del alma que te pueden sorprender en las noches de verano o las primaveras que logran reverdecer cualquier otoño desolado.
Me senté en una terraza a mirar cómo caían las flores junto al cauce de un antiguo barranco. A mi lado había dos mujeres que hablaban como para que las escuchara todo el mundo. Parecían funcionarias del juzgado cercano. Una le decía a la otra que la pena es siempre técnica. Yo pensé que se referían a las penas condenatorias, pero hablaban de los menores que duermen en centros de acogida. Para ellas no eran más que cifras y terminologías. Luego siguieron con las habilidades sociales, la empatía y los resultados de los muchos test con los que pretenden compensar la falta de cariño. Me levanté para intentar escuchar el sonido de las flores que seguían cayendo de los árboles. Solo había silencio: lo que es bello no precisa ninguna estridencia para presentarse.
Unos borrachos se pasaban un cartón de vino en la plaza cercana. Ocupaban todos los bancos. A mi lado pasaba un señor empujando un carro. La niña que iba dentro le pedía que le regalase una flor. Uno renace cuando escucha a una niña pronunciar la palabra flor tan entusiasmada. Esperé la guagua. No sabía adónde ir. Tampoco sabe la flor por qué cae. Si hubiera trenes viajaría lejos; pero aquí no puede escaparse uno a ninguna parte. Esbocé una sonrisa cuando la niña me enseñó la flor que tremolaba en su mano. Tengo ochenta y cinco años y es la primera noche que no tengo casa en donde refugiarme. Me engañaron en el banco con unas preferentes. Ahora tengo miedo a convertirme en una pena técnica y a que me encierren donde nunca haya flores que alfombren las calles.

Publicado el

Lecturas y paisajes

Santa Lucía de Tirajana es uno de esos lugares que elegiría para viajar lejos sin salir de Gran Canaria, un espacio de armonía, belleza y templanza entre palmerales y barrancos, frente a Amurga, donde uno siente la energía de los volcanes y el atavismo de edénicos tiempos lejanos. El pasado sábado me invitaron a un club de lectura un grupo de lectoras que viven y sienten ese lugar tan parecido a como uno puede imaginar Comala o Macondo. Habían leído Las derrotas cotidianas y La costa de los ausentes. El viaje incluía almuerzo y una larga sobremesa entre olivos y palmeras. Yo escribí esas novelas, pero fueron ellas las que realmente me contaron sus argumentos. Un día inolvidable.