El tiempo, los viejos y los malnacidos

El tiempo no es más que una entelequia, una añagaza de los humanos para intentar darle sentido a la existencia. La existencia es eterna estemos o no estemos nosotros para contarla. También las edades son mendaces y casi nunca se ajustan a lo que se espera de los dígitos que se van sumando. Estos días se habla mucho de los viejos, de los mayores y de los ancianos como si al nombrarlos tuviéramos que buscar eufemismos, como si no fueran nuestros padres o nuestros abuelos, o como si no fuéramos nosotros mismos en cualquier momento, en un parpadeo, como te podrían contar ellos que ha sido el recuento de sus años.

Pero esa supuesta vejez tiene poco que ver con la ilusión de estar vivos, de seguir aprendiendo y de continuar disfrutando de cada segundo que se viva. Quizá estos días nos sirvan para recordar quiénes somos y para saber que el tiempo es tan relativo como ese azar que te cambia el escenario con tres noticias inesperadas. No son nuestros mayores los que se están muriendo, lo estamos haciendo cada uno de nosotros con ellos. La sociedad que hemos creado estaba realmente enferma y se creía lo más fetén por apartar en un rincón del olvido a los más sabios. Ellos son los que nos dejaron el mundo que habitamos, todos estos años sin guerras, la bonanza económica y la democracia, esa igualdad y ese respeto al otro que nosotros hemos incumplido y que estamos incumpliendo ahora observando sus muertes como quien asiste a un espectáculo lejano, como si no nos concerniera por no tener su edad, como si nosotros estuviéramos a salvo. No, nadie está a salvo, mientras haya seres humanos muriendo solos y, en muchos casos, sin medios para atenderlos.  Y lo peor es que encima haya malnacidos que jueguen con sus ataúdes y con sus penas para hacer esa política que no fue la que nos enseñaron ellos.

 

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