Las alas y los abismos

Curiosamente, ahora que estamos más encerrados miramos al cielo muchas más veces, como si por fin nos diéramos cuenta de que todo esto que llamamos vida se ha generado, y se sigue generando, mucho más allá de donde alcanza nuestra mirada y nuestra inteligencia.

Hoy el cielo que veo desde este encierro obligado es azul, uno de esos cielos azules de primavera que hasta poco tiempo apenas mirábamos, o si lo mirábamos era solo de soslayo antes de perseguir cualquier reclamo que carecía de importancia.

Cuando aprendemos a mirar al cielo, y a buscar mucho más allá de las nubes y de las estrellas, ya podemos decir que comenzamos el camino de los sabios, de todos los que antes que nosotros ya miraron y conocieron cada detalle de esa contingencia que llamamos vida. Pero esos sabios también descubrieron que la sabiduría de ese universo insondable estaba dentro de cada uno de nosotros, en el silencio, en la lectura, en el amor hacia todo lo que nos rodea, y en esa armonía tan necesaria que nos hace, por fin, sentir que somos una parte indivisible de un gran milagro. Ya lo escribía Nietzsche hace muchos años: “Quien no tiene alas, no debe tenderse sobre abismos”. Busquemos las alas que nos ayuden a adentrarnos sin miedo en la aventura proteica e inevitablemente azarosa de nuestra propia existencia.

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