La vida de antes

La vida que estamos viendo fuera se podría asemejar a las madrugadas de los días laborables, pero nunca se terminará pareciendo porque en la otra vida, aquella que ahora nos parece tan lejana, siempre aparecía alguien, un noctámbulo recalcitrante, una corredora, algunos coches con conductores camino del trabajo, la guagua casi vacía y, sobre todo, la posibilidad de cualquier encuentro, la certeza de que tú no estabas solo en las calles.

Estos días, viendo imágenes de Times Square, de la plaza de San Marcos, de la Gran Vía de Madrid o de los Campos Elíseos sin ningún ser humano, casi parece como si habitáramos en esa ficción que, de repente, se ha instalado más allá de las puertas de nuestras casas. Un bicho minúsculo, invisible a nuestros ojos, parece como si nos hubiera expulsado del paraíso; pero el paraíso realmente estaba, y sigue estando, en nuestros adentros. El que está fuera lo tenemos que recuperar cuanto antes, pero para que sea paraíso y no solo lugar de paso o un calvario en el que malvivir como si fuéramos galeotes condenados a la idiotez de no valorar el milagro de la existencia.

Nos quedan muchos días encerrados y muchos meses luego para reconstruir lo que se ha quebrado, pero ya nada puede ser como era antes. Creo que el ser humano, si quiere tener una nueva oportunidad en la Tierra, ha de reaccionar con una visión conjunta y con un objetivo común de supervivencia. Todo lo demás solo nos llevará al caos más tarde o más temprano. La vulnerabilidad, como se ha visto, era la misma para el que vivía en un ático de lujo en Park Avenue que para el que habitaba una favela de Sao Paulo.

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