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Lo que no se ve

Vivimos solo unos cuantos capítulos de todos los que pudimos haber protagonizado. Cada segundo, como cada página en blanco de una novela, es un argumento que se elige entre otros muchos que quedan silenciados para siempre. Nosotros amamos, ganamos, perdemos, nos levantamos de la cama, leemos y, una y otra vez, nos seguimos sorprendiendo con el canto de un pájaro o con el reflejo del sol en los charcos de la orilla.

No solo se escribe nuestra biografía cada segundo: para que todo tengo sentido han de escribirse al mismo tiempo millones de vidas que también cambian de una manera prodigiosa. No digan, entonces, que no es fascinante la existencia, aun cuando quien nos escribe siga creando sátrapas y pendencieros. Quizá son necesarios para que aprendamos a no ser nunca como ellos. Esos espejos, como en la amistad y en el amor, nos sirven para valorar lo que tenemos, lo que hemos disfrutado y lo que se eterniza en nuestros poros y en nuestra memoria, los amores que nunca terminan porque son eternos mientras vivan en nuestros adentros.

Estos días he estado corrigiendo una novela escrita hace un tiempo. Siempre las dejo reposar y vuelvo a ellas cuando ya no recuerdo ni el argumento, ni la estructura, ni el nombre de sus personajes. Entonces es más fácil cortar, corregir, desechar o mantener lo que en la inmediatez casi siempre nos parece sublime. La distancia y el tiempo que pasa por las obras y por nosotros son los mejores aliados en esos regresos. Si luego esa novela se convierte en libro y llega a los lectores, nadie debe saber que han caído cuarenta o cincuenta páginas, o que el final previsto inicialmente cambió en esa corrección, o que la propia historia se parece poco a la que fue escrita unos años antes. En ese proceso, las novelas también se asemejan a nuestras vidas. Nadie sabe de muchos de nuestros días, de esas páginas que necesitamos olvidar para seguir viviendo o de las que a veces inventamos en nuestro recuerdo. Tampoco conocemos nuestros finales. Todos son posibles, y eso vuelve intrigante cualquier vida humana. Ni siquiera los principios tienen que ser los mismos. En la novela, un párrafo de la página tres puede pasar a ser el comienzo en cualquier momento, y eso varía el ritmo y hasta la propia estructura. También en la vida, no tiene por qué ser el nacimiento lo que abra las puertas de nuestra historia. Yo particularmente prefiero el orden vital, el de las emociones, antes que el cronológico. Uno puede dar comienzo a su propia existencia en cualquier momento. Hoy mismo puede ser un buen principio, o también aquel recuerdo que cambió nuestra vida, el del descubrimiento del gran amor o el del éxtasis de sentirnos vivos delante del mar. No solo estamos construidos de lo que los otros ven. Cada cual conoce la importancia y el orden de su propio argumento.

 

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