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El vagabundo

Hasta que no te acercas no puedes saber qué es lo que te vas a encontrar. Me lo enseñó un vagabundo que llevaba treinta años yendo de un lado para otro. No le pregunté cómo lograba sobrevivir. Hablaba siempre muy despacio, sin dejar de mirarte a los ojos todo el rato. Me hubiera gustado preguntarle si se había enamorado alguna vez o si había habido algún lugar en el que hubiera querido quedarse para siempre. No me atrevía a decir nada. Solo escuchaba. Me preguntó la hora y de repente me vi parado en mitad del parque sin importarme la reunión a la que me dirigía.
Vivo aceleradamente desde hace años, como si estuviera todo el tiempo demorando mi propio reposo. Me contó que estaba harto de ver a la gente lamentándose de todo el tiempo perdido y de lo poco que habían disfrutado de lo que realmente les gustaba de la vida. Me dijo que no sabía hacia dónde iba; pero que uno no descubre lo que esconde su horizonte hasta que no se echa a andar sin miedo por su propio camino. No tenía pinta de estar en ninguna secta ni de ser un iluminado. Hace años que tengo claro que no hay ningún encuentro que no tenga sentido. También sé que ese sentido solo lo hallas cuando pasa el tiempo y puedes encajar todas las piezas de tu propio rompecabezas. Lo vi alejarse. Le di algo de dinero sin que me lo pidiera y me dio las gracias. Yo también seguí andando y de vez en cuando escribo sin saber qué es lo que me depararán las palabras antes de llegar al siguiente punto y aparte.

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