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Mármol

No salía a la calle y, sin embargo, notaba la molestia de esas pequeñas piedras que se metían entre sus dedos. Se quitaba las zapatillas y las tiraba a la basura. Esas piedras salían de su propia piel. Le sucedía cíclicamente cada cinco años. Caminaba, hablaba y se reía a carcajadas de vez en cuando, pero nunca había dejado de ser una estatua. Aquel hombre la besó una madrugada y luego la trajo a su casa. Hasta entonces, ella había estado en la plaza principal de la capital. Él miraba sus labios cada mañana y creía, como en los cuentos que leía de niño, que si la besaba se volvería humana. Ahora es humana, pero aún conserva reminiscencias de mármol en su metatarso.

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