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Los finales

Nunca sabes dónde se acabará trazando la línea que termine sumando todas tus vivencias. Vamos inventando pequeñas sumas temporales para no extraviarnos y para tratar de saber si el camino que recorremos es el que querríamos estar transitando. Los finales de año son el corolario de esas pequeñas operaciones que incluyen los buenos y los malos momentos de un dígito que ya formará parte de nuestra biografía más personal y cercana. Hay años en los que la suerte está de cara y otros en los que parece que todo lo que hacemos nace como un preludio del fracaso. Uno nunca sabe cuál será su punto y final; ni siquiera cuando escribimos podemos prever ese fin que cierra las tramas. Llega casi sin que te des cuenta, y suele ser el propio ritmo narrativo el que te detiene en una palabra que no tenías pensada de antemano.
Dicen que Goethe pedía más luz cuando llegó el final de su vida o que Turner acabó diciendo que el sol era Dios. Sí es cierto que podemos dejar escritos nuestros epitafios, pero nunca sabemos si en el último momento acabaremos contradiciendo esas palabras en las que cada cual trata de buscar esa genialidad que logre detener al que camine por un camposanto. Yo prefiero siempre que los finales sean abiertos y que acabe siendo el propio lector quien termine de inventar las historias. También soy partidario de cambiar de arriba abajo un argumento cuando veo que no funciona o que me enredo sin llegar a ninguna parte. En la vida podemos aprovechar estos finales de año para dejar atrás todo aquello que nos distrae y que no nos deja seguir andando por donde queremos.  Petrarca escribía que un ser mortal jamás podrá crear algo inmortal y eterno. Esa condición de lo efímero creo que es clave para evitar cualquier endiosamiento. También lo es la lectura y la observación de lo que nos rodea. A veces subo a la azotea y miro las sábanas tendidas, las nubes que pasan dibujando formas sorprendentes, la silueta de la ciudad con sus iglesias y sus edificios altos o el océano que siempre acabas encontrando cuando la mirada se pierde lejos. De vez en cuando sigo el vuelo de las palomas que alguien ha soltado en los palomares de San Juan o San José. No dejan de dar vueltas por el cielo y, cada vez que se acercan, escucho nítidamente el aleteo que solo percibes desde la altura y el silencio. La ciudad queda abajo y queda lejos. Me propongo en el año nuevo acercarme cada vez más a las azoteas, a las orillas de la playa y a los campos en lugar de empezar el día asomándome a las pantallas. Seguiré buscando los rastros de mí mismo en los libros que lea y apostaré mi suerte a esas cosas sencillas que logran que la vida no pase de largo por ninguna acera.

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