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Plaza de las Ranas

Plaza de las Ranas. Domingo. Once de la mañana. Una mujer en silla de ruedas. La mirada perdida. Unos ochenta años. A su lado pasa una niña de ocho años con su padre. Inquieta. Risueña. La mujer sigue el rastro de la niña. Se recuerda así. Los domingos. Hace setenta años. Con su padre. Camino del Bar Polo, en el Puente de Palo. Él pedía una cerveza y a ella le servían un batido de chocolate. La que la empuja le habla con diminutivos. Su padre nunca le habló con diminutivos. Era un hombre cariñoso y serio. Tomaba la cerveza y la miraba sonriendo. No tenían que decirse nada. La niña se ha girado de repente y se le ha quedado mirando como si le leyera el pensamiento. Podía ser ella. A lo mejor es ella caminando de la mano de su padre.

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El cuerpo de las sirenas

Hay mujeres que habitan dentro de sirenas que nadan incesantemente por los océanos. No las reconoces cuando las ves por la calle y ni siquiera ellas se dan cuenta de su condición acuática. Beben mucha agua y nadan muy adentro cuando van a la playa, pero cuando único puedes darte cuenta de que viven dentro de una sirena es cuando las miras y sus ojos se vuelven glaucos de repente. La sirena que nada todo el tiempo solo se asoma cuando busca a quien amar con el cuerpo que lleva dentro. Quienes aman a estas mujeres dicen luego que parece que navegan entre sus brazos.

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No era solo la magdalena

Aprendimos que el sabor termina siendo la esencia de casi todos los recuerdos. También supimos del amor, o descubrimos que cualquier detalle cotidiano puede convertirse en una página inolvidable si aprendes a buscar más allá de lo que tienes delante. Quienes escribimos recreamos mentalmente ese sueño de poder quedarnos en un diván a leer y a escribir historias todo el tiempo. Los encamados cambian la vida real por la literaria. Muchos años después que Proust vimos a Onetti metido en la cama de aquella casa de la Avenida de América de Madrid sin tener que quitarse nunca el pijama para seguir viviendo. Supongo que cumplió ese sueño que todos idealizamos siempre que vemos cómo va pasando el tiempo lejos de las palabras.
Marcel Proust nos enseñó un dandismo sin grandes aspavientos, un dolce far niente en el que el único esfuerzo era cambiar el color de los recuerdos. Todo lo que se escribe se inventa. Ese mundo de Guermantes no fue como sucedió sino como quedó escrito, y quien cuenta lo hace siempre eligiendo una determinada perspectiva o cambiando lo que no vale la pena recordar o no merece siquiera un renglón que le salve del olvido.
Recuerdo una noche de verano de hace unos treinta años. Iba rastreando entre los libros que todos decían que había que leer si uno quería ser escritor. Un día me acercaba a Madame Bovary, otro a Crimen y Castigo o al Quijote, a Cien años de soledad, a Conversación en la Catedral, a las desventuras del Werther de Goethe, a la Isidora Rufete de Galdós, al Ulises de Joyce, a Gregorio Samsa o a la Maga de Cortázar. No hacía más que tantear los universos que los más grandes ya habían descubierto mucho antes. Así recuerdo que llegó a mis manos Por el camino de Swann. Los libros creo que llegan en su justo momento, por eso no hay que precipitarse nunca; y además unos llaman a los otros trazando un camino que luego, con los años, descubres que fue tan determinante como el de los pasos que te fueron moviendo por el mundo. Recuerdo el impacto de los detalles y de las evocaciones, y también aquel aprendizaje del amor. Con Stendhal, sobre todo con Rojo y Negro, y con Proust aprendí que las grandes pasiones, además de mover el mundo, también eran las que daban sentido a casi todos los argumentos literarios. El personaje, como yo cuando era aquel adolescente que desesperaba por cualquier desengaño, descubría que nunca vale la pena morir de amor por nadie. Luego llegaron A la sombra de las muchachas en flor o El mundo de Guermantes. He recorrido varias veces las calles de París buscando referencias proustianas por todas partes. Marcel Proust no escribió unas memorias ni unas crónicas de su tiempo. Reescribió la vida que le había tocado. Y además nos enseñó que uno encuentra un mundo; pero que nunca ha de conformarse con lo que tiene delante. Un dandi cambia todos los guiones y se mueve como le da la real gana, provocando casi siempre el escándalo entre los puritanos y entre quienes pactaron alicortos sueños de andar por casa. No solo era la magdalena. Había mucho más. Aprendimos a escribir como si fuéramos otros sin dejar de asomarnos nunca a nuestros propios recuerdos idealizados. También descubrimos que todo lo vivido no es más que un anticipo de lo que algún día acabaremos enumerando en alguna página literaria.