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Una pena técnica

Los días son distintos cuando caen flores a tu alrededor. Donde vivo no nieva nunca, por eso los recuerdos no acaban de congelarse en el tiempo. Caen flores y yo me imagino que está nevando aunque vaya en mangas de camisa. Camino despacio, como si mis pasos quisieran imitar la cadencia de esas flores que luego pisotean los peatones con la misma indiferencia que pisan los papeles o los plásticos. También me detengo cuando hay hojas secas en la acera. En donde vivo hay hojas secas y flores todo el año. Las estaciones las lleva uno dentro, todos esos inviernos del alma que te pueden sorprender en las noches de verano o las primaveras que logran reverdecer cualquier otoño desolado.
Me senté en una terraza a mirar cómo caían las flores junto al cauce de un antiguo barranco. A mi lado había dos mujeres que hablaban como para que las escuchara todo el mundo. Parecían funcionarias del juzgado cercano. Una le decía a la otra que la pena es siempre técnica. Yo pensé que se referían a las penas condenatorias, pero hablaban de los menores que duermen en centros de acogida. Para ellas no eran más que cifras y terminologías. Luego siguieron con las habilidades sociales, la empatía y los resultados de los muchos test con los que pretenden compensar la falta de cariño. Me levanté para intentar escuchar el sonido de las flores que seguían cayendo de los árboles. Solo había silencio: lo que es bello no precisa ninguna estridencia para presentarse.
Unos borrachos se pasaban un cartón de vino en la plaza cercana. Ocupaban todos los bancos. A mi lado pasaba un señor empujando un carro. La niña que iba dentro le pedía que le regalase una flor. Uno renace cuando escucha a una niña pronunciar la palabra flor tan entusiasmada. Esperé la guagua. No sabía adónde ir. Tampoco sabe la flor por qué cae. Si hubiera trenes viajaría lejos; pero aquí no puede escaparse uno a ninguna parte. Esbocé una sonrisa cuando la niña me enseñó la flor que tremolaba en su mano. Tengo ochenta y cinco años y es la primera noche que no tengo casa en donde refugiarme. Me engañaron en el banco con unas preferentes. Ahora tengo miedo a convertirme en una pena técnica y a que me encierren donde nunca haya flores que alfombren las calles.

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