Tortícolis

Aprendió poco a poco a entender que casi todo lo que sucede es inevitable. Al principio quiso nadar contra todas las corrientes y estuvo a punto de ahogarse un par de veces en medio de ese océano revuelto que es nuestro propio cerebro cuando se descontrola. De niño le encantaba ver todos aquellos capítulos del Correcaminos y el Coyote. Entonces no entendía que el destino y la suerte también juegan un papel muy importante en nuestra vida diaria. Ninguna de las trampas pudo detener a su héroe de la infancia. La maldad no ganaba nunca. Es cierto que luego se ha encontrado a más coyotes que correcaminos en los despachos enmoquetados o en las inauguraciones oficiales; pero sabe que solo están de paso y que al final acabarán cayendo en su propia trampa.
No se agobia; aprendió a esperar las consecuencias de los supuestos desastres cuando sufrió su última tortícolis. Apenas había podido pegar ojo y se movía por la ciudad como un zombi desorientado. Solo podía mirar hacia el lado derecho. Gracias a esa imposibilidad de movimientos se pudo dar cuenta de que toda la vida había pasado por las mismas calles mirando hacia el otro lado. Descubrió nuevos escaparates, nuevos árboles en la acera, nueva gente que le saludaba y hasta una nueva cafetería en la que ahora desayuna casi a diario.
También la descubrió a ella. De aquella tortícolis había nacido un gran amor que no hubiera descubierto nunca si hubiera estado mirando hacia la acera de la izquierda. Ya no se agobia cuando le duele una rodilla o empieza a llover inesperadamente. Sabe que será por algo, aunque muchas veces ni siquiera llegue a enterarse de esas variaciones mínimas en su destino diario.

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