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El gaviero

Al final lo único que vale la pena es la manera en que uno encare los días que está por el mundo. Yo hace tiempo que dejé de preocuparme por lo que carece de importancia. Busco la poesía de la mirada, del mar, de las casas coloreadas de las ciudades portuarias y de las mujeres de ojos grandes. Debía tener veinte años cuando empecé a leer a Álvaro Mutis, y desde entonces me daría inmediatamente la vuelta si escuchara el nombre de Maqroll. Me convertí en gaviero.
La literatura es una forma de ser y de estar en el mundo, la épica de los perdedores que acaban ganando la partida a la grisura de los días laborables y a las horteras luces de neón de los escaparates. Ser un gaviero es no tener patria, ni ataduras, ni más melancolía que la de la felicidad de poder reconocer la lentitud de todos los pasos. No he dejado nunca de buscar los ojos de Ilona cuando aparece la lluvia.
Mutis se marchó una mañana de otoño. Desde entonces los gavieros lanzamos cenizas de palabras tristes al mar de las nostalgias. También buscamos puertos escondidos al final de la tarde para tomar algún trago en una taberna acogedora y cálida. Y al día siguiente seguimos oteando el horizonte primero que nadie. Se confundirán con nuestro aspecto decadente y nostálgico. Pero nos da lo mismo lo que piensen los otros. Los gavieros solo estamos a salvo navegando.

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