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El bardino

La primera vez fue en la Caleta de Famara, casi al amanecer, los dos solos en el mundo. Apareció corriendo por la arena y se acercó hasta mí. Me olió y volvió a perderse en el final de la playa, más allá del acantilado. La segunda vez nos encontramos en la playa de Guayedra, también sin nadie alrededor. Llegó con el mismo trote alocado, me miró, volvió a oler mis pies desnudos y siguió corriendo en dirección al barranco. Ayer nos encontramos nuevamente. Llovía y en El Confital no había absolutamente nadie. Apareció como de la nada. Yo solo tuve miedo aquella primera vez en Famara. Ahora me quedo quieto y espero a que me huela y me reconozca. Parece como si llegara de vez en cuando a cerciorarse de que sigo vivo. No sé si han mirado alguna vez a los ojos de un bardino. A mí se me ha cruzado tres veces el mismo perro en tres orillas diferentes. Y en cada una de ellas se llevó en su mirada todo el pasado que no valía la pena guardar en ninguna parte.

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