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El bardino

La primera vez fue en la Caleta de Famara, casi al amanecer, los dos solos en el mundo. Apareció corriendo por la arena y se acercó hasta mí. Me olió y volvió a perderse en el final de la playa, más allá del acantilado. La segunda vez nos encontramos en la playa de Guayedra, también sin nadie alrededor. Llegó con el mismo trote alocado, me miró, volvió a oler mis pies desnudos y siguió corriendo en dirección al barranco. Ayer nos encontramos nuevamente. Llovía y en El Confital no había absolutamente nadie. Apareció como de la nada. Yo solo tuve miedo aquella primera vez en Famara. Ahora me quedo quieto y espero a que me huela y me reconozca. Parece como si llegara de vez en cuando a cerciorarse de que sigo vivo. No sé si han mirado alguna vez a los ojos de un bardino. A mí se me ha cruzado tres veces el mismo perro en tres orillas diferentes. Y en cada una de ellas se llevó en su mirada todo el pasado que no valía la pena guardar en ninguna parte.

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Yevguéniya

Te puedes acostar siendo madre de dos conocidos abogados y levantarte al día siguiente convertida en Yevguéniya. Nadie sabía al principio quién era Yevguéniya; ni siquiera entendían el idioma que hablaba aquella mujer que siempre había sido una señora remilgada y prejuiciosa. Jamás la vieron leyendo y mucho menos aprendiendo idiomas. Le había bastado con ser guapa y con haber nacido en una familia con mucho dinero para ir haciendo su vida en la pequeña provincia en la que de joven llegó a ser reina de los Juegos Florales que se celebraban en el casino. Ese había sido su único contacto con las letras. Tuvo que compartir la mesa que estaba en el escenario con el poeta que había ganado aquella edición dedicada a la exaltación de las flores autóctonas. Le fue contando a las amigas que el escritor olía fatal y que intentó meterle mano un par de veces por debajo de la mesa. Desde ese día detestaba todo lo que tuviera que ver con la literatura.
Logró que sus hijos no leyeran, pero que sí estuvieran todo el día estudiando. Su marido era fiscal y los fue encaminando poco a poco al mundo de las leyes. Se avergonzaba de una de sus hermanas. Casi no hablaba con ella, o lo hacía solo cuando no le quedaba más remedio, desde que uno de sus hijos empezó a salir en los periódicos escribiendo relatos en donde contaba, cambiando algunos hechos, muchas vivencias de su familia. Esa mañana, sin embargo, iba diciendo en ruso que casi todo lo que había escrito su hijo Antón se lo había contado ella cuando era niño. Costó mucho entenderla. Fueron pasando traductores de distintas lenguas hasta que la escuchó una chica cubana que venía a planchar casi todos los días. Esa chica había estudiado Matemáticas en Rusia. Fue la primera que dijo que era la madre de Chéjov. El traductor, cuando ya estuvo hablando largo rato con ella, les contó a los hijos que su madre había sido poseída por el espíritu de Yevguéniya. Uno de los dos abogados casi le da una patada; pero el otro, un poco más tranquilo, logró controlarlo. El más pendenciero y levantisco había sacado el carácter del padre. Probablemente si el fiscal no hubiera muerto hacía cinco años habría encerrado a aquel ruso medio estrambótico que hablaba de fantasmas como mismo podría estar hablando del último partido del Locomotiv o del precio del petróleo. La conversión rusa de la madre de los abogados fue la que centró la conversación de todos los mentideros pijos de la ciudad durante varias semanas. No la dejaban salir a la calle ni para ir a misa. Cuando vino el cura a visitarla les dijo que no era cosa de exorcismos. Le compraron libros en ruso que leía vorazmente memorizando pasajes que luego declamaba por toda la casa. A los nietos les habían dicho que la abuela se había marchado de viaje. Yevguéniya estaba obsesionada con el traslado de los restos de su hijo hasta Moscú en 1904. Lo habían metido en un tren lleno de ostras. Les hacía jurar a los dos abogados que jamás harían algo parecido con su cadáver. Quería que la enterraran en Moscú.