Pregón de las fiestas del Rosario de Vegueta 2019

Comparto el texto leído el pasado viernes, 27 de septiembre, en el pregón de fiestas de la Virgen del Rosario de Vegueta:

Vegueta es la memoria y es el eco que nos queda de las voces del pasado. En sus calles y en sus plazas hay algo más que piedras y adoquines. Vegueta es lo que no se ve cuando aprendes a mirar mucho más allá de lo que tienes delante, plazas y callejones con miles de voces anónimas, casi todas desconocidas, que un día se adentraron en este barrio siguiendo la senda del sosiego, el arte o la estela de esos paseos sin rumbo en los que a veces acontece la idea, la emoción o el recuerdo inesperado.

Siempre imagino a Bartolomé Cairasco de Figueroa cruzando el Guiniguada después de salir de la tertulia dedicada a Apolo Délfico -que organizaba en su casa, donde hoy destaca su busto, en la plaza que lleva su nombre – para recorrer estas calles en las que él intuiría que se acabaría escribiendo buena parte de nuestra historia. La voz de José de Viera y Clavijo también se escucha si uno camina atento por Vegueta, y si buscan más allá de lo que enseña la mirada podrán encontrar la sombra de Joaquina de Viera y Clavijo, la poeta, la mujer que soñaba la existencia entre la musicalidad de los versos y de las palabras. Y si, además, atienden un poco más a los ecos del tiempo aparecerá algún verso magistral de Graciliano Afonso.

Y por esas aceras caminan Benito Pérez Galdós y Fernando León y Castillo, dos niños soñadores que acaban de salir del colegio San Agustín y que aún no saben qué les deparará el futuro. También hay un grupo de hombres liderados por Gregorio Chil y Naranjo que salen de la última planta de las Casas Consistoriales. Acaban de inaugurar El Museo Canario y caminan creyendo a carta cabal que el futuro solo puede escribirse siguiendo la senda de la educación, la cultura y la tolerancia.

Mirando hacia los charcos que se forman en los adoquines los días de lluvia, Agustina González y Romero da rienda suelta a la ironía y la sátira con versos que ponen en solfa todo lo que ella cree que se aleja de la cordura de su Perejila mirada y de su peculiar manera de acercarse al mundo y a las letras.

Hay un poeta que acaba de conocer el diagnóstico fatal de la tuberculosis mirando hacia los laureles de indias de la plaza de Santo Domingo. Se llama Alonso Quesada y espera por su amigo médico, otro poeta llamado Tomás Morales, para preguntarle por la vida que le espera y por los versos que acaba de improvisar tratando de engañar a la muerte.

Otro día, saliendo de la Escuela Luján Pérez que está en la calle San Marcos, aparece un hombre extremadamente flaco que sube hacia los Riscos de San Juan y San José a la hora de la comida. No tiene nada que almorzar y para que no lo vean callejea cerca de donde luego acabará viviendo y pintando la ciudad que ahora vemos nosotros. Jorge Oramas pintó las casas improvisadas y despintadas de los riscos con el color con el que luego, al paso de muchos años, las vemos nosotros. Desde una habitación de San Martín, también padeciendo la tuberculosis que mató al poeta, buscó la belleza a medida que le iban cercando las parcas.

Una señora inglesa se detiene a escribir unas notas en medio de la plaza de Santa Ana. Alguien la llama desde lejos. Repite el nombre de Agatha, el mismo nombre que acompaña con el apellido Christie que se puede leer en la primera página de esa libreta que servirá para componer la trama de su próxima novela. Pero quien sí sabe de búsquedas, palabras y vidas nuevas según se sube a un escenario es Josefina de la Torre, la mujer actriz, poeta, novelista, la mujer adelantada a su tiempo, y por tanto intemporal y eterna, desde que se escuchaba el taconeo de sus pasos por las aceras de Vegueta. Y junto a ella se aparece su hermano Claudio, a quien uno ve escribiendo El verano de Juan Chino, la novela que transita por estas calles durante el episodio de cólera morbo que fue dejando muertos por toda la ciudad, uno de ellos en esta misma plaza, a pocos metros de donde nos encontramos. En una placa podemos leer que Antonio Vicente González abrió un hospital y un granero durante la epidemia de cólera morbo que asoló la capital grancanaria en 1851, y que murió delante de su casa queriendo ayudar a todos los enfermos. Fue justo ahí, en otro tiempo, en otra ciudad que era la misma aunque siempre queramos inventarla como una ciudad nueva. Y a escasos metros de la plaza, en la calle San Marcos, llegó de Tunte alguien que iba a ser capaz de entremezclar los cuentos rurales y los urbanos con la mirada de un hombre de mundo. Pancho Guerra aprendió mucho del sarcasmo entre estas calles de Vegueta, y aquí también pasó largas tardes leyendo los libros, a los clásicos y a los grandes contadores de cuentos, que luego le convertirían en escritor.

También aparece una joven, con un andar despistado y siguiendo el vuelo de todas las aves que va viendo en el cielo, que trata de pergeñar los últimos renglones de un cuento que se sentó a escribir a primera hora de la mañana en su casa de Tafira. Se llama Carmen Laforet, y es la misma joven que dos semanas más tarde viajará a Barcelona sin saber cómo se escribirá su destino lejos de los rumores del Atlántico.  Unos años más tarde, un hombre con barba y con el pelo blanco bebe en silencio en un cafetín de Vegueta. Es extranjero. No habla con nadie. En su mente solo aparece la gran ballena blanca. Entre whisky y whisky se escucha el nombre de Moby Dick como una letanía. Aparece otro hombre apuesto al que sí reconocen los parroquianos de verlo en las películas. Gregory Peck y John Huston caminan luego hacia los rompientes de la costa que quedan detrás de San Agustín. Los dos miran al horizonte, en silencio, como queriendo que la vida se termine pareciendo alguna vez a una película en la que cada cual pudiera elegir su propio destino.

A lo lejos viene paseando, camino de la calle San Marcos, justamente hacia la casa en la que antes había estado  la Escuela Luján Pérez, un hombre cargado de libros y de objetos antiguos que va silbando melodías que terminaremos entonando nosotros con el paso del tiempo. Néstor Álamo buscaba en Vegueta los ecos habaneros de su juventud cubana y la piedra antigua de los adoquines guienses de su infancia.

Un poco más atrás, como si fuera paseando por espacios inventados en su propia mente, viene alguien que acaba de encontrar la esencia de su arte mirando las momias y los trenzados de El Museo Canario. Aún no sabe cómo cruzará lo vanguardista con lo atávico, pero Manolo Millares ya intuye todas las arpilleras que irá creando para rebelarse ante la fealdad y la falta de libertad de unos años grises y pacatos.

Un poco más abajo, un joven rubio y elegante trata de engañar al tiempo para terminar los estudios de peritaje industrial que le obliga a estudiar su padre. Solo quiere cantar y buscar la perfección en cada aria y en cada romanza. Se llama Alfredo Kraus, y donde primero sonó su voz, la que luego pondría en pie a los más grandes teatros del mundo, fue entre estas calles de Vegueta.  Si nos fijamos bien, también podemos ver, con gesto concentrado, como si caminara por Ciudad de México o por Caracas, a Agustín Millares Carlo repitiéndose alguna frase en latín para no perder el contacto con la memoria de los clásicos.

Otro joven soñador que aún no sabe si seguir la senda del fútbol o de la literatura se asoma en la azotea de su casa de la calle Dolores de la Rocha siguiendo el vuelo de la familia de palomas que lleva su nombre, unas palomas en las que se distinguen el azul limpio y el rodado, y que cada pocos segundos rompen el silencio con ese aleteo reconocible por quienes se han sentado a ver pasar la vida en los patios o en las plazas de Vegueta. Ese muchacho observador que mira al cielo se llama Juancho Armas Marcelo y aún no sabe que su vida se parecerá mucho a la de esas palomas mensajeras que vuelan lejos venciendo el cansancio y la virulencia de los vientos despiadados.

Pero cerca de donde estamos también hubo presos. Estuvo el último rey canario encerrado en una celda antes de ser llevado a la Península para ser bautizado como Fernando Guanarteme. En ese encierro aún era Tenesor Semidán y creía en la palabra y en la nobleza de los gestos. Y aquí al lado también está la sede de quienes recuerdan su importancia como un rey inteligente, pactista y avanzado que evitó la masacre de su pueblo y que creyó en la palabra de quienes luego traicionaron sus promesas. Vegueta es ese eco de anónimos y de gentes que alguna vez encontraron el sentido de su vida escuchando de fondo el agua de alguna de las muchas fuentes que recuerdan a los días del paraíso, cuando solo había palmerales y un barranco que corría, como un río siempre revuelto, buscando la aventura de los mares.

Este paseo literario por Vegueta que se cita en el pregón querría brindárselo esta noche a Juan Alberto Hernández, JuanBe, alguien que desde la Biblioteca Insular logró que esa literatura perdurara y saliera a la calle. Lo saben estas calles y estas plazas de Vegueta, que tantas veces estuvieron llenas de libros y de escritores gracias a la labor de ese hombre bueno, generoso y siempre con una sonrisa cálida y cercana en su semblante que fue Juan Alberto. Un bibliotecario que fallece es siempre una tristeza multiplicada por toda la sabiduría de libros que se pierden, pero en el caso de JuanBe también es una pena inmensa la que deja en todos los que le quisimos y tanto le debemos. Leamos y tratemos de ser felices, fue lo que él nos enseñó todo el tiempo. Y me gustaría darle las gracias esta noche por la suerte de haberlo conocido y de haber aprendido tanto de su manera de vivir y de estar en este mundo.

Paseos  que persiguen el rastro de la historia

Ahora me gustaría aprovechar este pregón para proponerles un pequeño paseo personal por Vegueta que podría empezar cruzando el antiguo Puente de Piedra camino de la plaza de Santa Ana, con sus perros flanqueando la entrada y nuestra propia infancia. Ese espacio parece trazado para rendir culto a la perfección estilística y arquitectónica, un escenario, coronado en su parte superior con las Casas Consistoriales, en cuyos laterales se hallan el Archivo Histórico Provincial, que fue la residencia de José Viera y Clavijo, el Palacio Episcopal o la Casa Regental. Justo detrás de las Casas Consistoriales está la ermita del Espíritu Santo y el templete, creado por Ponce de León, que centra la atención en uno de los escenarios monumentales más bellos de la ciudad. Al lado de la ermita se halla la casa en la que nació Silvestre de Balboa, el autor del primer texto de la literatura cubana.

Hay otra entrada a Vegueta no menos impresionante, y es la que se abre paso  cruzando por donde estaba el Puente de Palo que salvaba el barranco Guiniguada (ojalá algún día podamos sepultar esa Autovía y recuperar ese espacio tan unido a la historia y la propia idiosincrasia de Las Palmas de Gran Canaria) En esta otra entrada desde Triana al barrio de Vegueta destaca el Mercado, que data de mediados del siglo XIX, en cuyo interior pueden acercarse a un mundo siempre fascinante de olores y sabores.  Si seguimos en línea recta por la calle Mendizábal llegaremos al edificio que albergó las antiguas Academias Municipales, y que hoy acoge la sede de la Escuela Luján Pérez y de la Real Sociedad Económica de Amigos del País. Este edificio, situado en la calle Roque Morera, es obra del arquitecto Secundino Zuazo, que tuvo una gran influencia en la arquitectura de la capital grancanaria en la primera mitad del siglo XX, y que diseñó, entre otras destacadas obras, el conjunto de Nuevos Ministerios, en Madrid, o la Casa de Las Flores en la que vivió Pablo Neruda, en el barrio madrileño barrio de Argüelles.

Para vivir Vegueta has de perderte entre sus calles y en plazas como San Antonio Abad, donde se establece el lugar en el que se fundó la ciudad, visitar sus museos como el CAAM, diseñado por el arquitecto Saenz de Oiza, que cuenta con la mejor colección de arte moderno de la isla y con una terraza desde que la que puedes mirar a los Riscos y a las calles de Vegueta con una perspectiva diferente; la sala de San Antonio Abad y, por supuesto, la Casa de Colón, otro de los referentes museísticos de la capital, con todos los datos del paso del almirante por Gran Canaria, colecciones permanentes de pintura, exposiciones temporales y una fachada que con el paso de los años se ha convertido en uno de los iconos más reconocibles de la ciudad.

Un poco más arriba, en la calle Doctor Verneau con Doctor Chil, encontramos El Museo Canario, testigo de la vida y las costumbres de quienes habitaban la isla edénica antes de la conquista. El Museo alberga los restos arqueológicos y las momias de los antiguos canarios. Igualmente marca la historia cultural de la capital del siglo XX, y en su interior se halla quizá la biblioteca más bella y con ejemplares más valiosos de Las Palmas de Gran Canaria. Alberga un importante archivo musical, los archivos de la Inquisición y una hemeroteca que guarda la historia periodística de Gran Canaria.

Habría muchos más rincones de Vegueta para elegir, y cada cual irá reconociendo el suyo según su ánimo y según la luz del día o los encuentros que propicie el destino. Mi escenario ideal lo encuentro en la Plaza de Santo Domingo. Vivo hace más de treinta años, con muchas idas y venidas, en ese entorno. La fuente con su columna salomónica, la actual sede de la Orden del Cachorro Canario, la plaza y la iglesia forman parte de mi memoria más necesaria. Esta plaza, sin embargo, cuenta con su leyenda negra por haber sido el lugar en el que se quemaban a los condenados por la Inquisición, de ahí que antaño se la conociera como El Quemadero. Justo en la trasera de la iglesia de Santo Domingo, en la calle Hernán Pérez, también conocida como el callejón de Los Majoreros por ser el lugar en el que se asentaron inicialmente quienes llegaban a la ciudad procedentes de la isla de Fuerteventura, se encuentra la fachada principal del antiguo Internado de San Antonio, que es obra de Eduardo Laforet Altolaguirre, padre de la escritora Carmen Laforet.

Vale la pena visitar Vegueta a cualquier hora del día, pero si logras acercarte con el silencio de la noche quedarás cautivo de una belleza y de una magia que te ayudará a comprender un poco mejor la magua y la saudade que trata de mantener siempre viva el canario para no desorientarse en unos tiempos cada vez más alocados y caóticos. Por esas mismas calles, también a las horas del silencio, se perdía muchas veces el músico francés Camille Saint Saëns, haciéndose pasar por un señor llamado Charles Sannois, en sus muchas estancias en la capital grancanaria. Aquí buscaba la inspiración y el sosiego, la luz, y la tradición cultural que siempre mantuvo a la isla cerca de todas las vanguardias culturales y de lo que acontecía en la música, la pintura o la literatura del viejo continente.

Una mirada personal

Pero Vegueta era para mí esa referencia lejana de un lugar casi mágico, reverenciado, en donde se escribía buena parte de la historia de Gran Canaria. Otro guiense, Luján Pérez, cuyo taller estaba en la calle Santa Bárbara, diseñó la fachada de la Catedral y había llenado de imágenes lo devoto que desde un primer momento fue lo artístico, toda esa imaginería que se asoma en las iglesias y las ermitas del barrio fundacional. Y sin José Luján Pérez no se podría entender al imaginero orotavense Fernando Estévez, que fue quien creó la imagen de la Virgen del Rosario cuya fiesta pregonamos esta noche. Por tanto, el azar, o la matemática del tiempo, ha hecho que todo se vaya ordenando casi sin que nos demos cuenta, y que hoy estemos aquí celebrando este pregón y emparentando nombres que alguna vez cruzaron sus sombras por las calles de Vegueta.

Yo me quedé por vez primera en Vegueta en la casa de Sor Brígida Castelló en la que vivo hace treinta y cuatro años. Vine para un par de días a esa casona que era de mi abuela y no me he vuelto a marchar aunque me haya ido muchas veces. Siempre he regresado, y con el paso de los años puedo decir que es el lugar en el que más tiempo he vivido y la casa en donde he escrito casi todos mis libros. También ha sido ahí, y paseando por estas calles, donde escribí mis sueños hace tres décadas. He tenido la suerte de que  se hayan cumplido casi todos, incluso los sueños perdidos, porque al final también se aprende de lo que la vida no regala o arrebata inesperadamente. Me fui a Londres y volví a esa casa, luego salí a Dublín y regresé, fui a Madrid muchos años y acabé de nuevo en esa calle, y más tarde, ya de regreso en la isla, me mudé a Marzagán y a Santa Brígida sin saber que por más que planeara irme lejos siempre acabaría volviendo. Ya hace siete años que me instalé, no diré que definitivamente porque defiendo una concepción efímera de la vida, pero sí sé que de una forma o de otra, aunque me vaya un tiempo de nuevo, siempre terminaré volviendo. Porque aquí también amé, y aquí he criado a mi hija y he cultivado muchas de mis mejores amistades.

Hace solo unos meses también caminaba por estas calles y por esta plaza de Santa Domingo Chiqui Castellano Suárez cuando entraba o salía de El Museo Canario. Cuando me llamaron para proponerme este pregón fue en ella en quien primero pensé, y acepté para hacerle un homenaje y para intentar que uno de sus sueños se cumpla cuanto antes. Como socio de El Museo Canario hago votos por que acabe la obra que está a medias en el corazón de Vegueta. Solo al verlo terminado podremos valorar el fin que buscaron Enrique Sobejano y Fuensanta Nieto cuando presentaron el proyecto que ganó el concurso de la ampliación de El Museo Canario. Angélica Castellano Suárez, Chiqui, sentía pasión por su ciudad y especialmente por Vegueta. Estaba todo el día buscando la manera de mejorar el entorno del Museo y su acercamiento a la ciudadanía, sobre todo a los más jóvenes. Creía en la educación a pies juntillas, y solo desde la educación es como podemos mejorar la sociedad y la vida que tenemos.  Este pregón va dedicado a ella, que está aquí, porque está siempre cerca de quienes amó y de quienes tuvimos la suerte de poder amarla. Siempre hablábamos de los viajes, a ella le gustaba organizarlos, prepararlos hasta el último detalle. A mí, en cambio, me gustaban más recordarlos, como recuerdo ahora a cada instante el viaje fascinante por la existencia que viví gracias a ella. Venimos a amar, casi todo lo demás carece de importancia. Y yo tuve la inmensa suerte de amar y de ser amado por ella.

Una y otra vez repito lo que decía el poeta checo Rilke cuando aseguraba que la patria de cada persona es su infancia, y que por tanto ese espacio de los primeros descubrimientos será nuestro lugar en el mundo. Yo creo, sin embargo, después de haber vivido en muchos lugares, que uno es realmente de donde ama y de donde fue amado. Y si sigo la senda de esa teoría que he improvisado muchas veces para buscar mis lugares en el mundo, puedo decir, sin temor a equivocarme, que además de mis otras patrias necesarias, presumiré de ser de Vegueta donde quiera que vaya. Y agradezco a la vida que me haya permitido vivir la experiencia diaria de caminar por estas calles y de seguir el rastro de tantas y tantas sombras necesarias para no extraviarme en el ruido o en la vorágine. Vegueta es una eterna vibración del alma, y creo que solo vivimos cuando vibramos y sentimos que somos algo más que carne y hueso, y son el amor y la belleza los que dan sentido a nuestra existencia. Tratemos de mantener siempre a salvo a Vegueta de la especulación y del olvido para que siga siendo bella y siendo nuestra.

Con este pregón inauguro las fiestas de mi barrio, las celebraciones de la Virgen del Rosario. Que la felicidad sea, a partir ahora, el único argumento. Muchas gracias.

5 opiniones en “Pregón de las fiestas del Rosario de Vegueta 2019”

  1. Precioso y emotivo pregón.

    Contradecir a Gil de Biedma es siempre justificable con “la felicidad” como “único argumento” frente a su sombrío “envejecer, morir” .

    O como canta el bueno de Aute:
    “Pero quiero que me digas, amor
    que no todo fue naufragar
    por haber creido que amar
    era el verbo mas bello,
    dímelo, me va la vida en ello.”

    Un abrazo.

    PS. También Aute y Sabina, disfrazados de toreros, hicieron el paseillo por Vegueta y pregonaron al carnaval en los alegres 80 de Juan Rodríguez Doreste.

  2. Magnífico texto, riguroso y lleno de sentimientos. Pocas veces un pregón vuela tan alto, lo cual no me sorprende, puesto que Santiago Gil es un gran escritor. Enhorabuena

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