Juan Alberto

Los obituarios nunca sonríen, y a ti no te hubiera gustado uno de esos textos solemnes y sentenciosos que se estilan en las necrológicas. Tú eras la sonrisa limpia y la generosidad de la mano tendida y la palabra justa para que todo fuera perfecto y armonioso. Hoy he releído varias veces el hermoso texto que me escribiste hace seis meses cuando viví uno de esos golpes de la vida, como el tuyo hoy, de los que escribía César Vallejo. Supiste entender la muerte y tenías claro el sentido de la vida. Me escribiste hace unos días cuando estaba en La Palma, como casi siempre para conseguir algo que alegrara a otra persona. Siempre estabas en el segundo plano de los seres importantes que solo desean sembrar alegría a su alrededor todo el tiempo. Por eso me imagino que elegiste ser bibliotecario. Regalabas vida en cada libro que recomendabas, y a los escritores nos acercabas lectores con tus clubes y tus proyectos. Mi profesor de Literatura en el instituto, Eduardo Perdomo, coordinaba uno de esos clubes. Hace unos pocos meses estuve en la Biblioteca Insular para hablar de La costa de los ausentes. Lo coordiné todo contigo, y como siempre me sentí en casa en esa biblioteca en la que dejarás un vacío insondable. Todos tus amigos escriben hoy desolados por tu ausencia, y no es para menos. He esperado a llegar a casa, abrir una cerveza, leer algún poema y escuchar algo de música antes de escribir estas palabras para brindar por ti donde quiera que te encuentres.

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