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Concierto de violín

El verano es la lectura de esos libros que uno guarda desde enero sabiendo que requieren tiempo, reflexión y esa sensación de que la vida es algo más que cumplir horarios y rutinas. Las vacaciones son recuerdos de lecturas que nos ayudaron a entender la existencia en la piel de otros personajes o a través de los ojos de quienes se detuvieron antes que nosotros a buscar respuestas en medio de esa neblina extraña que oscurece el pasado.

Uno de esos libros que uno agradece en agosto es el que incluye conferencias, ensayos y artículos de Saul Bellow, uno de los escritores con los que más he aprendido a entender un poco más este galimatías de la existencia. El libro se titula «Todo cuenta: del pasado remoto al futuro incierto.» Lo bueno de esos títulos es que te dejan claro hacia dónde van dirigidas casi todas las palabras. Está el aprendizaje del error como único trazado por el que seguir avanzando, la transformación del dolor en algo bello y los años de búsqueda de un joven nacido en Montreal y criado en Chicago que solo atisba sueños literarios. Cuenta el París de los años siguientes a la guerra mundial y la España casi tercermundista de la posguerra, el Nueva York del esplendor en Greenwich Village y todo lo que queda, lo que fue y lo que ha supuesto el sueño americano; pero sobre todo se cuenta un hombre que mira al mundo que le rodea y a ese otro destino que sabe que se escribe con tinta nueva cada mañana.

Te detienes en la cita del Salmo 126: «Los que sembraron con lágrimas, con regocijo segarán.», y vuelves a entender que muchas veces lo que crees que te está destrozando solo es un camino, a veces inevitable, para la sabiduría del día de mañana o para encontrar esas metáforas que dejan las heridas y los desengaños.

Hay muchas citas y muchas reflexiones en ese libro, pero me quedo con esta de Samuel Butler: «La vida es como dar un concierto de violín al tiempo que se aprende a tocar el instrumento». Pocas veces me he encontrado una definición más certera de nuestra existencia. Uno es siempre el único solista en el escenario, y tenemos que fingir, como el poeta de Pessoa, que sabemos tocar y que dominamos el instrumento. Pero cada uno de nosotros sabe que no tenemos ni idea de la próxima nota ni del siguiente movimiento de ese concierto. Los demás nos miran atentos, y nosotros también nos asomamos a nuestros espejos con cara de saber lo que estamos haciendo. Movemos los dedos y el arco se desliza entre las cuerdas. Suena la música y respiramos, y amamos, y salimos a comprar el pan o a bañarnos en el océano. A veces nos atenaza el miedo escénico, y de vez en cuando, como en aquella canción de Serrat, «la vida se despliega como un atlas y nos sentimos en buenas manos.»

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La música que suena

Podemos ir por la calle escuchando voces, ruidos de coches, cantos de pájaros o el eco de nuestros propios pasos. Pero también podemos caminar en medio de la gente escuchando a la Sinfónica de Chicago, a Bruce Springsteen o a Jorge Drexler, y uno entonces camina pero está en otra parte, en ese universo al que conduce siempre la música, recreando momentos que quedaron unidos a unas notas musicales o que aparecen cuando suena un solo de violín que es capaz de detener el tiempo.

Quienes están detrás de mi dispositivo móvil me invitaron a que dejara que fuera Siri, esa asistente virtual que nos terminará conociendo mejor que nuestra propia conciencia, la que eligiera mi música de la biblioteca musical que llevo a todas partes. Imagino que Siri conocerá nuestro estado de ánimo después de calibrar lo que leemos, las páginas que visitamos e incluso el tiempo previsto para las próximas horas. No debería escribir esto, pero reconozco que sus algoritmos aciertan en un noventa por ciento de las veces, y que me sorprende cómo combina melodías. Me recuerda a lo que hacía en la adolescencia con aquellos discos que iba colocando uno encima de otro para que fueran sonando durante tardes enteras sin saber que aquella combinación azarosa es la que ahora une a unas canciones con otras cuando silbo o tarareo por la calle.

Hace unos días había una feria de coleccionistas en una plaza cercana y lo más que le llamó la atención a mi hija fueron los tocadiscos. No eran gramófonos como los que había en casa de nuestras abuelas sino tocadiscos que utilizamos cualquiera que viviera su juventud en las últimas décadas del siglo XX. Me costó mucho explicarle lo de la aguja que iba surcando el disco y haciendo sonar esas melodías que llevan el roce de esas mismas agujas en nuestros recuerdos, con sus pequeñas imperfecciones tan grandiosas. Pero yo les hablaba de la música que ahora elige Siri por nosotros, y entre esas elecciones se decantó el otro día, cuando pasaba delante de la catedral de Santa Ana, por la Novena Sinfonía de Beethoven. Empezó a sonar la parte coral del final de la Sinfonía y esa alegría del poema de Schiller se confundía con las campanas que empezaron a repicar de repente, y recordé a Beethoven el día de su estreno, sordo, siguiendo la música en la partitura, sin darse cuenta, hasta que no le avisaron, de que estaba todo el público en pie y aplaudiendo a su espalda. Si le hubiera preguntando a Siri seguro que me hubiera dado hasta la hora exacta de aquel concierto, pero yo prefiero quedarme con ese milagro de poder escuchar los violines en cualquier calle o en cualquier plaza del planeta. Y esa música y esos milagros tecnológicos hacen que siga creyendo en el ser humano.

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Los rechazados

No todos los libros se terminan escribiendo. Tampoco se viven todas vidas. Hay libros que quedan en la idea, en una especie de trampantojo que no es nunca lo que parece o en un mero esbozo de argumento. También hay algunos de esos argumentos que se parecen más a los sueños que a la vida diaria. Pero luego  hay libros que escribimos y que jamás llegan a ninguna parte, que se quedan en los discos duros de los ordenadores o que van amarilleando en papeles cada vez más desgastados hasta que se desmigajan o terminan comidos por la carcoma. En la vida y en los libros también juega su papel la suerte, esa suerte que negamos los que decimos que todo es trabajo y búsqueda incesante, pero es evidente que ya nacer es una suerte que uno tuvo después de haber luchado contra millones de espermatozoides.

Estos días he leído un nuevo de libro de David Foenkinos. Quienes me conocen saben de mi debilidad por el escritor francés, sobre todo tras haber leído esa obra maestra que es Charlotte, o tras haber estado muchos días detrás de sus Recuerdos o dejándome engatusar por La delicadeza. Esta novela de Foenkinos que acabo de leer se titula La biblioteca de los libros rechazados. Uno de los protagonistas decide que no solo los libros editados tienen cabida en una biblioteca, y plantea que los autores con libros rechazados también tengan su hueco. Reserva un lugar a esos personajes que nadie ha leído porque los libros que los guardan fueron sistemáticamente rechazados. Y habría mil ejemplos de grandes obras rechazadas por las editoriales, desde el primer tomo de En busca del tiempo perdido de Proust en Gallimard, y además con Gidé encabezando la selección, hasta lo que pasó con Cien años de soledad en Seix Barral, aunque en este caso se habla también de una serie de nefastas coincidencias que hicieron que a Carlos Barral se le escapara una de las obras maestras de la literatura del siglo XX. En estos tiempos, cualquiera puede editar su libro en formato electrónico o autoeditarse unos ejemplares en papel. No sucedía lo mismo hacía unos años, pero incluso ahora, la suerte de los libros es tan proteica como la propia suerte de los humanos. Muchas veces es el tiempo el que logra que libros que no tuvieron ocasión de convertirse en papel terminen siendo obras maestras. El gran ejemplo que todos tenemos en mente, y que también nombra Foenkinos, es La conjura de los necios de John Kennedy Toole.  Este título, además, se vale de una frase de Jonathan Swift: «Cuando aparece un gran genio en el mundo se le puede reconocer por esta señal: todos los necios se conjuran contra él». Por desgracia, sigue pasando eso en la literatura. También sucede con muchas existencias, aunque lo ideal sería que cada uno de nosotros valorara en su justa medida a los libros y a las gentes que realmente merecen la pena.