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Las distancias

Uno viaja a cada instante porque cada momento es inevitablemente pasajero, y si pretendemos quedarnos quietos para detener el mundo lo más probable es que nos termine arrastrando alguno de esos vientos inesperados que nos cambian de arriba abajo todos los argumentos. No mienten los que dicen que todos los males los cura el tiempo: si no los cura, al menos los atempera y hace que las penas pesen un poco menos y que las alegrías no nos terminen convirtiendo en grotescos muñecos de feria. La suma de años es un éxito que cada cual celebra a su manera. Si no hubiéramos llegado hasta aquí no habríamos reconocido a tanta gente que nos llevaremos para siempre en el recuerdo, siempre y cuando queden recuerdos cuando atravesemos dimensiones o cuando naveguemos esas lagunas estigias que se acaben confundiendo con nuestros propios sueños.

La vida es un viaje. Y si no entendemos ese principio irrefutable, todo lo que hagamos no tendrá sentido alguno cuando miremos hacia atrás y busquemos las luces que fueron alumbrando nuestro camino. Nunca es tarde para empezar de nuevo, sin trascendencias extrañas, sin gorigoris del alma y sin estridencias que acaben confundiendo ese tránsito tan sencillo y tan parecido a cualquier árbol que florece y que luego se desnuda en los otoños.

A los viejos de antes les sobraba silencio para hacerse sabios mirando hacia unos campos que conocían casi tanto como a su propio cuerpo. Ellos sabían que si no dejamos que el tiempo pase para que nos desvele la resolución de una trama cotidiana, estaremos siempre anticipando finales improbables. Se movían todo el rato aunque uno los viera siempre quietos y medio adormilados sobre cualquier muro centenario que separaba dos fincas de plataneras. Los supersticiosos saben que el mal fario tiene mucho más que ver con nuestras propias actitudes que con cualquier contingencia que acontezca lejos de donde estamos. Todo eso lo intuimos con los viajes que nos permiten ver los bosques que a veces vamos ocultando con la sombra de nuestros propios árboles. Siempre hay un avión, una guagua o un tren que pueden cambiar de arriba abajo todo lo que estamos mirando. Seguimos siendo los mismos, pero variamos nuestros propios decorados y también los estados de ánimo que a veces nos atenazan.

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