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El señor de los árboles

Uno nunca sabe cuál es su misión en la vida. A lo mejor solo llegamos aquí para cuidar a un perro o regar unos geranios, o para educar a un niño con los valores que puedan cambiar el mundo dentro de unos años. Nos planteamos sueños casi irrealizables, cumplimos horarios, aprobamos exámenes y pagamos impuestos. En los obituarios se recogen los logros profesionales y académicos, pero casi nadie habla de lo que parece que no tiene importancia, de esos gestos cotidianos que a veces son los que dan más sentido a nuestra existencia. Hace unos días leí en los periódicos que había fallecido un señor llamado Juan Jiménez Martín. Hablaban de él como gran profesor y como hombre destacado dentro de la historia del atletismo en Gran Canaria. Estaba su foto. Fue entonces cuando lo reconocí. Ese señor era el que yo llevaba viendo desde hacía muchos años cómo regaba y cuidaba los árboles de la calle Perdomo. También coincidíamos algunas veces comprando comida en un establecimiento cercano a su casa. Su casa está en esa misma calle, la reconocerán porque su balcón parece una especie de selva tropical en medio del cemento y el asfalto.
Los árboles de la calle Perdomo, en el tramo que discurre entre Triana y Viera y Clavijo, no son unos árboles cualquiera. Gracias a los cuidados de Juan Jiménez son posiblemente de los más grandes, frondosos y llamativos de Las Palmas de Gran Canaria. Esos árboles ya están echando de menos a quien les ayudó a crecer tan alto. Ahora los riegan los empleados del ayuntamiento, pero todos sabemos que en la vida, sobre todo en los primeros años, uno crece o se desarrolla con más fuerza y confianza si encuentra a su lado una mano amiga que ayude sin pedir nada a cambio. Juan Jiménez era feliz contemplando la belleza de esos árboles que estos días dejan caer más hojas de la cuenta. Todos creen que esas hojas caídas tienen que ver con los ciclos de la naturaleza; pero cada una de ellas es una especie de lágrima que esos enormes árboles dejan caer al suelo desde el que tantas veces les regaba aquel señor con gafas que miraba más hacia sus copas y hacia sus ramas que hacia la gente. Ya sé que no es noticia que un señor cuide de unos árboles, pero esa calle no sería la que ahora es si cada noche, cuando ya casi no paseaba nadie, no hubiera bajado aquel señor con un balde lleno de agua. Nunca me paré a hablar con él. Temía interrumpirle en su conversación silenciosa con algunos de esos árboles que ahora conservan el tacto de sus manos o la admiración de su mirada cuando veía que rebrotaba una rama que parecía muerta para siempre. Juan Jiménez Martín rebrota ahora en cada una de las ramas de esos árboles de la calle Perdomo. No pasen nunca más de largo junto a ellos. Acuérdense siempre de que hubo alguien empeñado en embellecer el recorrido de cada uno de nuestros pasos.

ESTE TEXTO LO ESCRIBÍ HACE CUATRO AÑOS Y ESOS ÁRBOLES LE SIGUEN ECHANDO DE MENOS. DE LA FACHADA DE SU CASA DESAPARECIÓ PARA SIEMPRE AQUELLA FRONDOSA PRIMAVERA QUE ALEGRABA LA MIRADA DE LOS PASEANTES.

 

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Telepatías

Yo quería pedir mortadela, pero en el último momento salió de mi boca la palabra salami. Ella me dijo que cuántos gramos quería de mortadela. Le respondí que cien gramos y no le di ninguna importancia. Eso fue el primer día. Las mañanas siguientes me sucedía algo parecido. Yo iba pensando lo que iba a comprar y luego siempre nombraba un embutido diferente; pero ella jamás se equivocaba y me partía el que yo estaba pensando. Hacía oídos sordos a mis encargos. Con los demás clientes veía que no le pasaba lo mismo. Si le pedían jamón cocido les ponía jamón cocido, y si era pechuga de pavo no les corregía el pedido eligiendo salchichón o lomo embuchado. Una de esas mañanas, al llegar a casa, comprobé que no me había servido lo que había pensado. Tampoco estaba lo que yo había nombrado. Me puso otro distinto, pero cuando lo abrí me entraron unas ganas tremendas de comer ese embutido que ella había elegido entre todos los que aparecían en el expositor de la nevera. Con el tiempo se vino a vivir conmigo. No le tenía que decir nada. Me bastaba con mirarla para que me entendiera. Esto que lees, por ejemplo, lo ha transcrito ella misma con las palabras que creía que yo estaba pensando. Yo querría haber escrito algo sobre el poder insano de quienes leen las otras mentes y sobre los amores que se acaban. Ahora está en la cocina. Huele a potaje de berros. Toda la vida he detestado el potaje de berros. Creo que hemos dejado de querernos.

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La felicidad

Escribía Antonio Machado que la gloria de la virtud hizo a Caín criminal, y luego glorificaba al hijo de Adán porque cuando él escribía era el vicio lo que se envidiaba más, y la vanidad, y el dinero, y todas esas martingalas que Machado no sabía que solo estaban empezando, y que aún no habían llegado ni la televisión ni las redes sociales. Sí intuiría el poeta, porque era un hombre sabio, que el ser humano seguiría repitiéndose desde aquel golpe de Caín con una quijada de burro, matándose una y otra vez con armas o con palabras, con maledicencias o con mentiras, sin recordar lo que escribía el poeta de Moguer cuando contaba que nosotros nos iremos y que, por suerte, seguirán los pájaros cantando.
Una amiga me recordaba que su abuela decía que había que esconder la felicidad, que ser feliz provoca envidia y que hace que se conjuren los mismos necios que acabaron con Kennedy Toole y con todos los que quisieron sembrar belleza en el planeta. Siempre fue así. Se ocultaba el cuerpo bello, y las casas castellanas, y muchas de Vegueta y de algunos pueblos de la isla, aparecían sin alardes hacia afuera y como palacios en los adentros. Todo lo contrario que en la cultura calvinista, en donde se enseñan las fachadas y se acristalan las casas porque se entiende que no se tiene ocultar lo que se gana honradamente. Cuando paseas por Amsterdam parece como si la vida de los otros formara parte de tu propia mirada, con las lámparas y los cuadros a la vista como cuando uno enciende la tele de su propia casa.
Tengo un amigo que también sigue la estela de la abuela de esa amiga que decía que había que esconder todo lo bello para no despertar la envidia de los que solo quieren lo que no tienen: produce tristeza comprobar cómo muchos, en lugar de mejorar o de aprovechar la única vida que tienen, se dedican a incordiar y a intentar echar abajo lo que los otros consiguen después de mucho esfuerzo. Eso también forma parte de la condición humana desde mucho antes que escribiera Machado: están los que construyen y los que destruyen, el ying y el yang de los humanos, el blanco y el negro de los tableros del juego de la existencia. Ese amigo del que les hablaba estaba todo el día inventándose enfermedades para que no lo molestaran. Antes de contar algo bueno, se inventaba un dolor extraño en el estómago o una cita crucial con algún galeno. Él nos decía a los más cercanos que haciendo eso lo habían dejado en paz en todos estos años. La verdad es que si siguiéramos los consejos de la abuela de mi amiga y los de ese amigo que dejaba en evidencia al más hipocondríaco, apenas podríamos esbozar una sonrisa o aplaudirle al destino por todos los buenos momentos que nos regala. Yo, francamente, prefiero el resquemor de los caínes antes que ocultar que la vida, como decía el poeta, siempre es bella a pesar de los pesares y de los mezquinos.