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La caída del ángel

Ni siquiera caí. Seguía el rastro de un brillo y no me di cuenta de que el cielo se acababa. Bajé en picado y me posé en un suelo de ladrillos encarnados. Lo que pensaba que brillaba no era nada, alguna esquirla de vidrio, arena derramada en el patio o un charco que aún no se había secado. Trataba de volar y me golpeaba contra las paredes. No había más de medio metro de ancho y la altura superaba los tres pisos. El cielo quedaba lejos. Otros se han ofuscado tratando de salir de donde es imposible sin una ayuda que nos permita extender nuevamente las alas. Primero llegó un perro y me estuvo oliendo. Yo no me movía. Se echó a mi lado y comenzó a lamer las pequeñas heridas que me había hecho en el intento de querer volar. Luego llegó él y me miró largo rato. Notaba que tenía miedo, pero después empezó a hablarme con ternura. Me dijo que no me preocupara, que buscaría la manera de salvarme. Era un hombre pequeño y poco musculoso. No hubiera podido conmigo. Al rato apareció otro hombre que sí era muy alto y tremendamente fuerte. Yo seguía quieto confiando en mi destino. No me quedaba más remedio que mantener la calma y la confianza en los milagros. Me levantaron muy despacio, y el hombre pequeño logró subirme sobre la espalda del grande. El perro nos seguía mientras apechábamos a duras penas las escaleras. Me colocaron sobre el suelo de la azotea y me dijeron que ya podía volar de nuevo donde quisiera. No podía hablarles, pero los dos entendieron que mis alas necesitaban extenderse en el aire. Jamás he volado desde abajo. El hombre más fuerte me sujetó como si fuera un pájaro y me lanzó hacia arriba con todas sus fuerzas. Solo miré para ellos cuando ya estaba muy lejos.

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Los puerros

Partía puerros. Esa es la imagen que me quedó de ella. Yo la miraba desde el restaurante. Ella no me veía. Ahora en muchos restaurantes ponen una gran mampara para que veamos la cocina. Ellos no nos ven a nosotros. Ella partía puerros y yo la recordaba el día en que nos dimos el primer beso. Teníamos dieciséis años. Ella entonces quería ser bailarina y vivir en Venecia. Yo no sabía lo que quería y ahora soy agente de artistas del ballet y del teatro. Cenaba con una conocida bailarina que vive en Venecia mientras ella cortaba los puerros como si troceara a quien había repartido la suerte.

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Suzanne

«Y quieres viajar con ella, y quieres viajar a ciegas». Los dos escuchaban música a través de los auriculares. Caminaban por una calle peatonal. El cielo estaba azul y era verano. Los dos iban relajados y felices. No se conocían. Ella visitaba por vez primera aquella ciudad. Venía de otro país a pasar sus vacaciones lejos del ruido y del agobio de la gran ciudad en la que vivía todo el año. Ella se llamaba Ingrid y él Arturo. Tenían la misma edad y habían nacido el mismo mes y el mismo año. Los dos eran del signo Libra, unos románticos empedernidos, que vieron las primeras luces de la vida el mes de octubre de 1977.
«Todos los hombres serán navegantes hasta que el mar los libere». El entrecomillado es parte de la letra de la canción que iban escuchando. Él era abogado y venía de su despacho. Tenía un mes de vacaciones por delante. No había hecho planes. Se había divorciado hacía dos años y no tenía hijos. Quería improvisar un viaje y perderse en cualquier ciudad de Europa. Ella venía de Berlín. Era violinista y antes de regresar a Londres a estar con sus padres una semana necesitaba el mar y el cielo azul tras muchos meses de nubes bajas y largos ensayos. Él terminaría viajando a Berlín ese verano, pero en ese momento en que escuchaba una canción de Leonard Cohen seguía sin planes. Ella también escuchaba Suzanne. Los dos habían seleccionado esa canción al mismo tiempo. Sonaba sincronizada en ambos aparatos, bajo el mismo cielo azul y en medio de la misma gente que estaba realizando las últimas compras antes de salir de vacaciones. Había muchos niños con baldes de colores, con pequeños hatos con palas y rastrillos de plástico y con bolsas en las que llevaban los bañadores que acabarían desgastados en los últimos días de agosto. Sus padres llevaban bolsas con toallas, pareos y camisetas sueltas para los días de playa. Se cruzaron en mitad de la calle y se miraron un instante. Luego los dos irían recordando esos ojos en los siguientes pasos, pero no se dieron la vuelta, no se buscaron de nuevo, y sus vidas han seguido sin que variara nada desde ese encuentro en mitad de una calle cualquiera un día de verano. Como buenos Libras eran indecisos y soñadores. Ella no olvidó sus ojos marrones y él guardó el verde intenso de su mirada para siempre. Cuando se vieron, ninguno sabía que estaba escuchando la misma canción en el mismo momento, el mismo verso, el que habla de que todo está bien «mientras Suzanne sostenga el espejo». Ha pasado un año y esa canción suena de nuevo en esa misma calle. La escucha una adolescente que está empezando a conocer la música de Leonard Cohen. También es Libra. Como lo eran Ingrid y Arturo. Regidos por Venus. La diosa del amor y de la belleza. Algún día puede que venga alguien en la otra dirección escuchando la misma música con la misma letra.