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Las tortugas


No tenía zoológicos en mi infancia, aunque convivía con los animales a todas horas. Mi abuelo tenía decenas de jaulas con pájaros cantores y palomares que ahora zurean en todos mis recuerdos. En la casa de mi otra abuela había una perra y una gata, y en las paredes que daban a una huerta seguíamos el proceso mágico que acababa convirtiendo las orugas en mariposas. Había perros callejeros por las calles y los gatos se asomaban a cualquier azotea. En la plaza sobrevolaban las palomas a todas horas y siempre seguíamos a las bandadas de gaviotas que al atardecer buscaban las rocas de la costa. Había patos en la presa y lagartos que se asomaban al sol de los barrancos, ranas y sapos en los estanques, y también corujas que atezaban un poco más la oscuridad de las noches. En esas noches también se escuchaba siempre el sonido del viento o el eco lejano de las campanas que iban contando las horas.

Alguien me habló de unas tortugas que había junto al Mercado Central de Las Palmas de Gran Canaria. Yo recuerdo un mono que se llamaba Felipe en el parque Doramas, y también algunas cacatúas y unos cuantos pavos reales; pero no conservo la imagen de esas tortugas que tuve que ver cuando iba al Estadio Insular a ver jugar a Carnevali o a Morete. Hay veces que quieres recordar lo que intuyes que has vivido y no hallas rastro alguno en tu memoria. Quienes me llevaban al fútbol me dicen que pasamos muchas veces delante de aquellas tortugas, y que yo me quedaba mirando su lentitud de siglos y su sigilo cuando se asomaban como quien se asoma a un mundo extraño lleno de gentes y de edificios.

Uno a veces también se vuelve tortuga y se esconde dentro de sí mismo; pero ese mundo secreto no lo conoce nadie, y los otros creen que dormimos o que solo desaparecemos un rato de su vista. Hace tiempo que no visito zoológicos cuando viajo. La última vez salí triste del zoo de Berlín, y jamás he olvidado la mirada melancólica de una jirafa que parecía que buscaba la sabana mientras seguía a una bandada de pájaros que regresaban al sur huyendo del invierno. Entonces recordé el poema que Rilke le dedica a una pantera del Jardín des Plantes de París que acaba viendo el mundo como una sucesión de rejas interminables desde su jaula. Esa pantera se parecería a aquella jirafa que se quedó habitando en el frío de Berlín mientras veía pasar las nubes y los pájaros que regresaban a su casa.

Dicen que yo miré muchas veces a los ojos de aquellas tortugas y que me apenaba por el poco espacio que tenían para andar por el mundo. Busco esos ojos en mi memoria y me acabo extraviando entre mis propios recuerdos, como las jirafas que no pueden regresar a la sabana, como la pantera que confunde la vida con las rejas, como todos los que olvidan sin darse cuenta.

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Acto de fe

Alonso Cueto me contaba anoche que para él escribir era un acto de fe, porque estando solos delante de un papel o de una pantalla confiamos ciegamente en que nos podrá leer alguien algún día, en la comunicación con otro ser humano. Me vine para casa repensando esa frase. Escribiríamos en una isla desierta, o si nos quedáramos solos en el universo. Creo que también escribimos porque intuimos que nuestras palabras llegan a quienes no vemos físicamente estando a nuestro lado todo el tiempo. Hablamos mucho rato de la felicidad de la creación, de la inmensa suerte de ser un poco dioses en medio de una nada que deja de ser nada cuando escribimos.

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El teclado

Cuando todo está oscuro, el teclado ensaya las historias que terminará escribiendo ese hombre que ahora duerme en una habitación al fondo de la casa. Las teclas se mueven lentamente confundiéndose con el ruido de la nevera o con los ecos lejanos de los pocos automóviles que a esas horas circulan por las calles. A veces ese hombre se despierta sobresaltado en la madrugada y se acerca a su mesa de trabajo; pero en ese momento el teclado se detiene para que él piense que está escribiendo su último sueño.