Mediterráneo da capo

Tenía quince años cuando acudí al estadio del Hornillo, en Telde, a un concierto de Joan Manuel Serrat. Era la primera vez que venía a Gran Canaria después de la muerte de Franco. Recuerdo el momento en que cantó Para la libertad, de Miguel Hernández, la emoción de muchos de los que llevaban años luchando para que en este país pudiéramos pensar y manifestar nuestro pensamiento libremente. Esa libertad es la que ahora peligra por la llegada de los extremistas y de los que llaman facha a Serrat desde una incultura y una ignorancia que aterra. Hace un rato ha sonado de nuevo Para la libertad en Gran Canaria, seguro que con muchos de los que estaban en Telde hace 35 años. Pero el concierto de esta noche se centraba en el disco Mediterráneo, aquel vinilo que tanto sabe de amigos, amores y noches de vino, versos o búsquedas de horizontes vitales. Y uno no puede, como dijo Serrat en el concierto, celebrar mañana lo que puede celebrar hoy. Tampoco dejar de agradecer tantos conciertos y tantas canciones que han ido escribiendo buena parte de nuestra biografía.
En las radios, o cuando uno escucha la música aleatoriamente en los nuevos aparatos, aparecen de vez en cuando Aquellas pequeñas cosas, La mujer que yo quiero, Lucía o el propio tema de Mediterráneo; aunque para los canarios ese mar es un poco más bravío que el que pinta de azul las noches de invierno entre Algeciras y Estambul. No tengo tocadiscos en estos momentos; pero aun así conservo, como mismo guardo los viejos libros, todos los vinilos que me fueron marcando. Hubo muchos discos que cambiaron mi vida, canciones que iban sonando cada vez más viejas a medida que la aguja iba reconociendo aquellos pequeños surcos que acababan rayando los acordes. También había casetes desgastados que se enredaban en cabezales que tampoco paraban de dar vueltas. La música de entonces no dejaba nunca de dar vueltas, y quizá por eso siempre regresa como esos cíclicos pasos que nos suben y nos bajan en el tiovivo de nuestra propia existencia. Ya casi no escuchamos los discos enteros como entonces. Cuando lo haces el viaje se alarga de una manera sorprendente. Me pasó escuchando esta noche todas las canciones de aquel elepé en el que Serrat fue visitado por esas musas que buscamos como locos cada vez que nos sentamos a escribir. En cada uno de esos temas escuchaba el eco de voces perdidas, rememoraba paisajes y viajaba de la mano de unas letras que se mantienen milagrosamente intactas en la memoria. Incluso ya sabía qué canción venía detrás de Pueblo Blanco o de Vagabundear. Quizá no hemos llegado a todas las metas, pero las que hemos atravesado hasta ahora son las únicas que han valido la pena. La música no es más que un repaso sonoro que impide que nos extraviemos en nuestro propio pasado. Y era verdad que a las pequeñas cosas no las mataba nunca ni el tiempo ni la ausencia. Siempre regresan. En un reencuentro que no esperabas. A veces ni siquiera tienes que tararear las canciones. Ellas mismas se encargan de remover los cimientos de nuestras almas.

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