El mirlo y el árbol

Reconocía el olor de los árboles lejanos. Sabía si el aire olía a abetos, a pinos o a robles. Decía que era capaz de oler los árboles a muchos kilómetros de distancia, incluso con mares de por medio. No le creíamos. También aseguraba que olía los árboles que habían estado hacía cientos de años en esta misma ciudad. Murió hace dos años. Siempre repetía que la calle en la que vivimos, llena de rascacielos y de humo de coches, le olía siempre a eucaliptos blancos. Hoy he visto una fotografía de hace más de cien años. Todo esto era una gran finca llena de eucaliptos blancos. También nos decía que había sido pájaro en otra vida lejana. Hoy se posó un mirlo en mi balcón, en medio del humo, del ruido y de la polución que mancha las paredes de este rascacielos en el que los dos fuimos vecinos algunos años.

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