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Una vida de cine

Pasaba varias veces cada día debajo de aquella ventana. A cualquier hora escuchaba diálogos o melodías de las grandes películas en blanco y negro. Es cierto que la pintura de la fachada estaba cada día más desconchada y que nunca vi entrar o salir a nadie. No había vecinos. Me gusta esa zona porque puedo soltar a mi perro y dejar que corra sin problemas. Nunca había una luz encendida. De noche solo veías el reflejo de las imágenes a través de los cristales casi opacos de tanto polvo que habían ido acumulando. Hoy estaban tirando la casa abajo. Pregunté por los que vivían en ella y me contestaron que llevaba más de veinte años deshabitada. No quise decir nada de las películas que yo llevaba escuchando desde hacía meses. El perro entendió mi silencio. Quizá algún día, cuando ya no quede nadie, solo perdure el sonido y la imagen de todas las películas que nos fuimos inventando. A última hora de la tarde me contaron en la plaza que acababan de ver pasar a un viejo que era clavado a Charles Boyer. Cargaba dos grandes bolsas. Ellos decían que en ellas llevaba lo poco que tenía. Yo estaba seguro de que en esas bolsas solo había sueños de celuloide y que buscaba otra casa para seguir engañando a su propia vida. Espero que tenga suerte y que pueda seguir viviendo en las películas.

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El peine

Encontró un peine en su mesa de trabajo. Él no se peinaba desde que había salido del colegio. Se duchaba cada mañana y dejaba que sus rizos se asentaran con toda naturalidad. Si acaso se ponía un poco de gomina si tenía algún compromiso protocolario. Nunca había observado un peine con tanto detenimiento. Tampoco el peine había mirado de frente a un humano tanto tiempo. Ninguno de los dos se movía. Las cerdas del peine parecía que se le iban a tirar a la cara en cualquier momento. Lo vinieron a buscar para llevárselo porque decía que le tenía miedo a los felinos con muchas garras. Su compañero no le contó a nadie que se había tratado de una broma. Nunca pensó que aquel hombre que parecía tan equilibrado se viniera abajo con un objeto tan sencillo y tan cotidiano como un peine de los que a veces se colocan junto al lavabo. Era atigrado, amarillo y negro, y es verdad que parecía un felino si lo mirabas mucho rato sin cerrar los ojos ni un solo momento.

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Itinerarios

Seguían enviando correos electrónicos en un idioma que no conocía. Había comprado aquellos billetes en una compañía que hacía el trayecto entre dos ciudades del norte de Europa. Fue hace seis años. Desde entonces, día tras día, recibe esos correos con el precio de los billetes y el itinerario. No lo sabe, pero realmente se quedó viajando eternamente entre aquellas dos ciudades que estaban separadas por un paisaje nevado. Él cree que está en este lado, pero sigue mirando la nieve como si viajara a través del tiempo.