El oráculo de las mareas

Las costas de la ciudad eran golpeadas con saña por el océano. Casi todos dormían. Él paseaba por la avenida de la playa o por la otra más larga que iba recorriendo el trazado del puerto. El viento viraba las proas de los barcos. Veía las luces de algunos de esos taxis que recorren las calles solitarias o escuchaba los gritos beodos de algún grupo de chonis desnortados por la madrugada. Casi no dormía. Le bastaba con tres horas de sueño para recuperar su cuerpo y para borrar los pasos de los días que iban pasando. Hace años escribía con tiza en las aceras. La ciudad amanecía llena de poemas anónimos. No hacía falta que los borrara nadie. Se iban difuminando poco a poco hasta no dejar ningún rastro. Estaba empeñado en que todos los versos deberían escribirse siempre con tiza porque la poesía te va dejando en evidencia a medida que envejeces. Ya casi no escribe, y cuando lo hace se conforma con trazar algunas palabras sueltas que va dejando en la arena antes de que suba la marea. Su cuerpo se altera al mismo tiempo que el océano. Hace años no sabía por qué se levantaba convulso o sereno algunas mañanas. Pensaba que eran resquicios de alguna pesadilla. Todos los que ahora duermen no saben que dentro de un rato se despertarán tan inquietos como esas olas que ahora acunan sus sueños. Tampoco reconocen que los días en que abren los ojos serenos y contentos es porque el mar es ese piélago inmenso que casi no se mueve alrededor de las rocas. Los días de mareas revueltas intenta quedarse en su casa. Todos salen atropellando sombras a las calles. No hay oráculo que supere la predicción de una marea. Siempre explica que nosotros también somos agua a merced de la luna y de todas las corrientes. Si te acercas a la orilla justo antes de que amanezca lo verás volver como si viniera siempre de muy lejos. El salitre también se parece a la tiza que escribe con manchas blancas lo que ya no tenemos.

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