El mar lejano

Estábamos en clase y nadie fue capaz de asomarse a la ventana. La mujer que estaba hablando a gritos en la calle por teléfono no sabía que justo encima estábamos nosotros. También estaba su mejor amiga. Repitió su nombre y su apellido varias veces y fue contando muchas intimidades zahirientes de su vida. Supuestamente estaba de viaje, eso es lo que le decía a las personas más cercanas para evitar los compromisos y poder asistir a aquel taller de pintura en una de las calles más silenciosas del casco viejo. Luego hubo un silencio y sonó el teléfono de esa misma alumna que había escuchado cómo la despellejaban a lo lejos. Aceptó la llamada, saludó y guardó silencio. En la calle sí escuchábamos a la otra decirle una y otra vez que era su mejor amiga. Le dijo que la estaba llamando desde la avenida de la playa y le empezó a contar cómo estaba el mar que tenía delante. El mar quedaba lejos de aquella zona de la ciudad en la que aprendíamos a pintar todos los sábados por la mañana. Nuestra compañera guardó silencio y comenzó a pintar ese mar que la otra se estaba inventando. Cuando le escuchaba la palabra azul, ella coloreaba con los tonos grises con los que Turner pintaba las tempestades. De la defensa contra la hipocresía humana salen a veces las mejores obras de arte.

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