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El mar lejano

Estábamos en clase y nadie fue capaz de asomarse a la ventana. La mujer que estaba hablando a gritos en la calle por teléfono no sabía que justo encima estábamos nosotros. También estaba su mejor amiga. Repitió su nombre y su apellido varias veces y fue contando muchas intimidades zahirientes de su vida. Supuestamente estaba de viaje, eso es lo que le decía a las personas más cercanas para evitar los compromisos y poder asistir a aquel taller de pintura en una de las calles más silenciosas del casco viejo. Luego hubo un silencio y sonó el teléfono de esa misma alumna que había escuchado cómo la despellejaban a lo lejos. Aceptó la llamada, saludó y guardó silencio. En la calle sí escuchábamos a la otra decirle una y otra vez que era su mejor amiga. Le dijo que la estaba llamando desde la avenida de la playa y le empezó a contar cómo estaba el mar que tenía delante. El mar quedaba lejos de aquella zona de la ciudad en la que aprendíamos a pintar todos los sábados por la mañana. Nuestra compañera guardó silencio y comenzó a pintar ese mar que la otra se estaba inventando. Cuando le escuchaba la palabra azul, ella coloreaba con los tonos grises con los que Turner pintaba las tempestades. De la defensa contra la hipocresía humana salen a veces las mejores obras de arte.

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El hombre del coche

Subió al coche y se sentó a su lado. Le dijo que la quería. Hacía cincuenta años su madre había sido su primera novia, pero ella no lo conocía de nada. La hija de ese señor le pidió disculpas y le contó que hacía tres años que había perdido la noción de la realidad y la memoria. Él la miraba como miró a su madre justo antes de que los dos se dieran su primer beso.

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Día a día, página a página

Hay un falso mito de los escritores que hace que muchos que sueñan con ser escritores se queden por el camino. Les cuentan que se escribe desde el embrujo de la inspiración y que el trabajo es para otras profesiones y para otras ocupaciones más o menos vocacionales. No leen y no escriben. Solo persiguen una fama de calderilla y alamares, toda esa quincalla que ahora se busca para lucir durante unas pocas horas en las redes sociales o en un sarao de fin de semana.
En mis talleres de escritura siempre comienzo diciendo que no existen los milagros sino el trabajo, la voluntad y el deseo inquebrantable de aprender, de perseverar y de escribir como un galeote, que era como decía Galdós que tenían que escribir los novelistas. Pero sobre todo hay que leer. Cuando comienzo a explicar el cuento, por ejemplo, les remito a las lecturas de Chéjov o de Henry James, y casi les invito a que abandonen las clases y se adentren en la obra de alguno de esos maestros con los que hemos ido aprendiendo quienes escribimos desde hace mucho tiempo. En esos talleres nunca falta Steinbeck, ni la recomendación de su obra, ni sus consejos, sobre todo su primer consejo: “día a día, página a página”. Así escribió Las uvas de la ira, La perla o Al este del Edén, mirando a su alrededor, leyendo, aposentando lo mirado, y luego escribiendo, día a día, no pensando en las doscientas o trescientas páginas que tenía por delante sino en la siguiente palabra o en el renglón que iba justo debajo del que trazaba. Y no siempre sale, pero si no lo intentas, si no desfalleces, sí que no saldrá nunca nada, o por lo menos no saldrá una novela, esa carrera de fondo con muchos desfallecimientos, con demasiados abandonos, pero con una recompensa impagable cuando uno llega a la meta del punto y final que, lejos de cerrar, deja casi todas las historias abiertas.
A Steinbeck, como a otros muchos escritores del siglo veinte, no se le entendería sin el periodismo y sin el cine. Muchos decían que se le no-taba la sombra de Hemingway, y hasta Harold Bloom lo dejó fuera de ese supuesto canon que hay que tener siempre en mente si uno quiere presumir de fondo y de sapiencia literaria. No pudieron con Steinbeck porque él sabía perfectamente lo que quería y hacia dónde encaminar su literatura. Fue tremendamente crítico con el sistema capitalista, pero además sus novelas ponían el acento en lo pequeño, en la aldea lejana más que en la gran urbe en donde es más fácil contar para que te entiendan.
No buscaba la fama. Ese era otro de sus consejos, que no había que escribir nunca para el gran público. Siempre es más fácil llegar a más lectores contando los oropeles o siendo un romántico almibarado que poniendo el acento en la frustración y en la miseria: al paso de los años lo único que queda es la literatura, sea cual sea el tema, pero si encima el tema nos ayuda a entender un tiempo lejano esos libros casi se convierten en indispensables. En muchos casos, además, hemos llegado a las novelas de Steinbeck después de ver las películas de sus obras, y no era fácil borrar la imagen de Henry Fonda en Las uvas de la ira o de James Dean (el que tiraba piedras a una casa blanca en la canción de Aute) como aquel chico rebelde en Al este del Edén. Sin embargo, desde que empiezas a leer, esos personajes cambian de cara y de presencia y se hacen a nuestra imagen y semejanza siguiendo el rastro de las palabras del gran escritor norteamericano. Ya hace cincuenta años que dejó de latir el corazón de John Steinbeck, pero sus libros se siguen reeditando y su mirada hacia el mundo que veía y contaba sigue estando aún más vigente en un siglo que continúa orillando a millones de personas que se siguen negando a ver la vida desde el otro lado de una alambrada. Steinbeck escribía de un tirón, página a página, y luego regresaba a ese texto y lo iba puliendo poco a poco, quitando lo que sobraba y buscando los puntos de vista que casi siempre se esconden debajo de las gran-des cifras, de las alfombras y a veces también de las propias palabras.