Papiroflexia

Una vez le escuché a Rafael Azcona (¡cómo echamos de menos el humor de Azcona ahora que España se infantiliza o se escandaliza con tan poco talento!) que había comprado un paquete de quinientos folios para encerrarse a escribir un guion en un ático de Roma. Se sentaba delante de los folios en blanco y no le salía absolutamente nada. En esos casos, en lugar de insistir, lo que solemos hacer quienes escribimos es dar una vuelta por la calle, leer un rato, escuchar música y luego regresar con argumentos y con energías renovadas. Cuando venimos de regreso, sí es cierto que muchas veces soñamos con encontrarnos el folio escrito, o por lo menos querríamos hallar algunos trazos de los que poder ir tirando. Nunca sucede ese milagro, aunque sí es cierto que en los paseos por las calles es donde hallamos los nutrientes de casi todos los argumentos que luego acabamos contando. Azcona lo que hizo fue empezar a construir aviones de papel con esos folios que estaban llamados a descubrir nuevos personajes cinematográficos. Dicen que su felicidad era enorme cuando contaba que uno de esos aviones de papel llegó a estar siete minutos sobrevolando los tejados romanos.
Siempre admiré a los amigos que eran capaces de construir toda clase de figuras con esos mismos papeles que nosotros llenamos de letras para no extraviarnos. La papiroflexia con la que Miguel de Unamuno pasaba las horas muertas sin saber que era cuando más estaba filosofando, enseña esa paciencia necesaria para lograr que algo sea bello o que detenga una mirada. También envidiaba sanamente a los que lograban diseñar aviones que planeaban por los cielos de la infancia durante largo rato. El destino final de un papel debe ser el de volar lo más lejos que pueda, y quizá por ello un buen día lo empezamos a llenar de metáforas, adjetivos, sustantivos y toda clase de verbos que nos puedan servir para entendernos o, por lo menos, para poder contarnos más allá de cómo nos ven los otros mientras caminamos por las calles. Las pantallas están muy bien, pero uno se queda siempre con la magua de no poder estrujar con las manos aquello que ya no vale, o de no poder escuchar cómo los papeles arrugados se acaban asemejando a esos insectos que no dejan nunca de mover las patas o las alas.
Lo que se borra en las pantallas se pierde; en cambio lo que arrugamos siempre podemos recuperarlo. Las hojas que desechamos porque no fueron capaces de regalarnos las palabras que andábamos buscando, también pueden convertirse en cualquiera de esos aviones de papel que sobrevuelen por unos segundos los cielos de las ciudades que habitamos. Nunca sabemos nada del destino final de ningún objeto ni de ningún ser humano. Puestos a elegir, yo también optaría siempre por un vuelo ligero como el que dibujan esos papeles, escritos o en blanco, que luego acaban aterrizando mansamente en las aceras que vamos pisando.

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