Los capuchinos

No sabes nunca cómo te vas a comportar en determinadas situaciones. Nunca lo sabes hasta que no llega el momento. Entonces resulta que no te maniataba el miedo y que eras el más osado recorriendo un camino al borde de un gran precipicio. Y a lo mejor lo otro, lo que anhelabas tanto, te deja paralizado o no se ajusta a lo que pensabas que terminaría pasando. Les suele suceder a muchos cuando alcanzan el éxito y se dan cuenta de que realmente esa meta no era la que estaban buscando.
Uno no sabe si sería un gran director de cine, un arriesgado piloto de Fórmula 1 o un prestigioso ornitólogo si no se le presenta la ocasión de dirigir una película, conducir un Ferrari o estar entre águilas reales. El miedo nos paraliza, o nos vuelve cautos, o evita que saltemos al vacío con lo puesto. Pero a veces, ni siquiera el miedo puede con lo que tenía que haber pasado. O tenía que haber pasado y punto, y entonces, de repente, nos vemos haciendo algo que jamás habíamos previsto, o trabajando en aquello para lo que no nos habíamos formado. Y a veces salimos airosos del trance, y otras salimos corriendo o no nos adaptamos a esos cambios inesperados. En el mundo que vivimos, tenemos que estar preparados para descubrir aquellas virtudes que no conocíamos. Realmente esa actitud tendría que ser una especie de mantra ante la vida. Yo siempre cuento que cuando vivía en Irlanda me terminé convirtiendo en un gran especialista en preparar capuchinos. Hasta entonces yo solo había utilizado la cafetera de mi casa, pero de repente me vi trabajando de camarero en un conocido y frecuentado local del centro comercial de Blackrock. Me enseñaron cómo preparar los capuchinos y al cabo de tres semanas se corrió la voz por la zona de que los preparaba de maravilla. Ahora no recuerdo ni cómo se encendía aquella máquina. Todo eso sucedió hace casi treinta años. De repente, el que quería ser poeta y aun no sabía que terminaría trabajando de periodista, se había convertido en un gran maestro cafetero. De todo eso me había olvidado durante años. Estuve varios meses preparando aquellos capuchinos con el punto justo de espuma y una especie de cacao que le ponía por encima. El otro día, mientras miraba distraído cómo me lo preparaban en una cafetería de Las Palmas, se activó inmediatamente el recuerdo de aquellos días dublineses. Y sobre la marcha me sirvió para armarme de valor de cara al mañana: porque uno nunca sabe si acabará descubriendo que es un virtuoso de aquello que aún no conoce. En aquel momento, si quería ganar dinero para pagar mi habitación, mi comida, y para seguir escribiendo, tenía que preparar muchos cafés cada día. Y de repente me convertí en el rey de los capuchinos de Blackrock. Y seguí escribiendo, que al fin y al cabo no es más que seguir recordando, o volviendo ficción lo que solo fueron vivencias del pasado.

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