El piano

Se levantó de la cama y se encontró el piano en el centro del salón de su casa. Vivía solo y había dejado cerrada la puerta de la entrada principal. En un primer momento no se atrevió a tocarlo. Comprobó que la llave estaba en la puerta y se fue a la cocina a preparar un café. No se emborrachaba hacía muchos años: se había acostado sereno, leyendo un ensayo de Montaigne antes de coger el sueño.
Volvió al salón y tocó la madera del piano para comprobar que no era una visión. Empezó a hablar solo tratando de buscar explicaciones. No las encontraba. Daba vueltas alrededor del instrumento. Él no entendía mucho de pianos, ni siquiera sabía tocarlo, pero no se le escapaba que un Steinway nunca es un piano cualquiera.
Vive en un cuarto piso sin ascensor. En los descansillos de las escaleras no hay hueco para que un piano gire. Sólo podría subirse a través de la ventana del salón, pero esta también estaba cerrada a cal y canto. Tendrían que haber hecho mucho ruido para meterlo, y él tiene el sueño tan ligero que se hubiera enterado a las primeras de cambio. Levanta la tapa del teclado. Es un piano de cola negro que brilla como una estrella lejana. También dejaron un taburete y un libro con muchas partituras.
Lo primero que piensa es que en ese momento debe haber alguien en algún lugar del planeta esperando por este piano. Se sienta en el taburete y empieza a tocar. Se le van las manos. No sabe de quién es lo que toca, pero suena de maravilla. Se deja llevar. Yo sí sé que es el concierto número dos para piano y orquesta de Rachmaninov. Nunca estudió solfeo. En el colegio, una vez que hicieron unas pruebas para seleccionar alumnos, lo dieron por imposible. Carecía de oído musical. No hizo falta que se lo dijeran. Él se daba cuenta cuando trataba de entonar las canciones de los dibujos animados. Era bueno pintando, pero cuando se ponía a cantar lo abandonaba hasta su propia sombra. De Rachmaninov pasó a Schumann, a Mozart y a Chopin. Pocas veces había sonado el Nocturno número dos del polaco como en aquella mañana luminosa. Lloró mientras lo interpretaba y lo repitió hasta cinco veces seguidas. No se levantó nada más que para comer un par de yogures y unos frutos secos. Las manos se movían por el teclado prodigiosamente. No parecía que fueran suyas. Sólo le venció el sueño. Cuando se despertó al día siguiente no había ningún piano en el salón de su casa. No ha podido contárselo a nadie. No le creerían.
Yo sí lo vi, pero un narrador omnisciente solo está para contar desde la lejanía. Me pasa lo mismo con otros hombres. Me da mucha pena ver que luego enloquecen por no poder entender lo que les ha sucedido. Este hombre está cada día más obsesionado. Se acercó a una tienda de instrumentos musicales y pidió probar un piano. No le salían ni las escalas más sencillas. Incluso en la tienda le rogaron que dejara el instrumento porque luego costaba mucho trabajo volver a afinarlo cuando se tocaba de una manera tan burda. Esa fue la palabra que emplearon, burda, y él se levantó sin decirles que de esas mismas manos habían salido un día sonidos prodigiosos. Ha comprado mucha música de piano y está todo el día escuchándola. Ha reconocido algunas de las composiciones que interpretó aquel día irrepetible.
Siempre se acuesta pensando en aquel piano y en aquellos sonidos celestiales. Toca en sueños. Los deseos se le están volviendo quimeras, pero él es de los que nunca recuerda lo que sueña. No sabe que toca cada noche, a veces en privado y otras en teatros repletos de melómanos ansiosos por escuchar sus interpretaciones. En el mundo de los sueños sí se ha corrido la voz de su proverbial talento. Despierto es un tipo gris y aburrido que cumple con su horario de ocho horas en la oficina y que luego llega a casa, come cualquier alimento precocinado y se deja llevar por lo que salga en la tele. Solo por las noches lee a Montaigne antes de dormir. Lo lleva haciendo desde hace más de diez años y aún no ha terminado el grueso tomo con sus ensayos. Le bastan tres o cuatro renglones para asimilar sabiduría y conciliar el sueño. Luego duerme y olvida que toca el piano hasta que suena el despertador o se despierta sobresaltado en mitad de la madrugada.
Por la mañana siempre entra en el salón muy despacio, mirando con cuidado hacia todos los rincones, recordando aquel piano de cola luminoso que le permitió vivir el día más hermoso e intenso de su existencia. Ya le da lo mismo pensar que todo fue un sueño o que es justo cuando cree que está despierto cuando realmente está dormido. Ninguno de nosotros tampoco sabría diferenciar certeramente un momento de otro. Cualquiera de nosotros podría ser un gran pianista. Qué más da lo que sueñe o lo que lo haya vivido. Él lleva los sonidos de aquella mañana metidos para siempre en su cabeza.
Da lo mismo que lo vean ir y venir de la oficina al trabajo, y que luego lo imaginen solo y aburrido en su casa delante del televisor. Nadie conoce realmente todas las vidas que vive sin saber que las está viviendo. Es una cuestión de dimensiones, pero ya les he comentado que como narrador omnisciente no puedo ir más allá de donde me dejan. Yo también formo parte de esta ficción que llaman vida y que en el fondo no es más que una confusión de sueños.

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