El mimo y la lluvia

Llovía y al mimo se le despintó la cara. Había venido maquillado de su casa y no tenía dinero para el billete de metro de la vuelta. Esperó a que escampara para colocarse en una de las esquinas más concurridas de la Gran Vía. Hice como que no lo conocía cuando pasé a su lado. Habíamos estado juntos en la Facultad, pero él decidió dejar la carrera en tercer curso para dedicarse al teatro. Me llamó y volví sobre mis pasos. Almorzamos juntos. También lo acompañé a que comprara más pinturas en el bazar de unos chinos en la calle Mesón de Paredes. Le pedí que se quedara con un billete de cincuenta euros que acababa de sacar en el cajero. Cerca de esa esquina estaba aquel bar en el que todos habíamos soñado con ser artistas.

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