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Remedios la Bella

Alguien decía en la radio que había muerto aquel escritor que era hijo de un telegrafista de Aracataca. A ella se le acababa de derramar la leche mientras preparaba el desayuno de sus nietos en un piso de Queens. Tenían un pequeño establecimiento en el que servían almojábanas colombianas, empanadas tolimenses y zumos de guanábana. Uno de los hijos de su prima era conductor en una de las guaguas que hacían el recorrido por los barrios que rodean Manhattan y venía varias veces al día cargado de turistas. Con lo que venden a esos viajeros y con los consumos de los compatriotas pueden ir tirando. Aquel escritor la había hecho subir al cielo cuando tendía la ropa en Macondo (Macondo era un pueblo inventado, como el pueblo de esa vecina mexicana que dice que vivió en Comala rodeada de muertos). Nadie entendió que aquella imagen no era más que un recurso literario. Ella se casó, tuvo dos niños y se vino a vivir a Nueva York hace muchos años. Ahora cría a sus nietos y sigue preparando cada mañana las empanadas tolimenses y las almojábanas que vende su marido en la calle más colombiana del barrio.

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Luces de ciudad

Luisa le decía siempre que dejara una luz encendida toda la noche. Y además no dejaba de repetirle que no hay sueño que no se cumpla si uno es capaz de escribirlo. Luisa estaba empeñada en que las cosas bellas jamás se tocan y en que las luces que uno atisba, como si fueran ciudades lejanas, mantienen despiertas todas las historias que luego soñamos a través de las palabras.

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El mimo y la lluvia

Llovía y al mimo se le despintó la cara. Había venido maquillado de su casa y no tenía dinero para el billete de metro de la vuelta. Esperó a que escampara para colocarse en una de las esquinas más concurridas de la Gran Vía. Hice como que no lo conocía cuando pasé a su lado. Habíamos estado juntos en la Facultad, pero él decidió dejar la carrera en tercer curso para dedicarse al teatro. Me llamó y volví sobre mis pasos. Almorzamos juntos. También lo acompañé a que comprara más pinturas en el bazar de unos chinos en la calle Mesón de Paredes. Le pedí que se quedara con un billete de cincuenta euros que acababa de sacar en el cajero. Cerca de esa esquina estaba aquel bar en el que todos habíamos soñado con ser artistas.