El arqueólogo

Cuando rasparon la pared apareció aquel dibujo extraño. No representaba nada conocido; pero se notaba que no eran trazos azarosos, ni formas creadas por la humedad o el tiempo. Quien trazó aquellos símbolos no era una persona muy alta. Las formas quedaban a la altura de mi estómago. Yo era arqueólogo y tenía que inventarme una procedencia y relacionarla con algún pasado más o menos conocido. No me atreví a decir que allí alguien había creado algo distinto con tres rayones y unas cuantas formas improvisadas. Le atribuí un origen fenicio y todos quedaron contentos; pero desde que lo vi no se me borra de la cabeza. Parecían los trazos de una vida que hubiera vivido hace cientos de años, y me llegué a ver en sueños dibujando aquellos frescos. Era un niño, pero ya entonces sabía que iba a ser el que soy ahora y que acabaría redescubriéndome delante de esos dibujos que todos creen que son fenicios. Había pintado para avisarme mucho siglos más tarde, para saber que venía de muy lejos y que necesito seguir pintando para reconocerme en otro tiempo.

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