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La tierra mojada

La lluvia no era noticia. La lluvia mojaba los zapatos y embarraba los campos. Ahora cuando llueve parece como si llegara el gran diluvio o como si nunca hubiéramos visto llover detrás de los cristales, y siempre llueve y llueve, como en aquella Balada de Otoño de Serrat, como escucharían llover Alejandro Magno y su palafrenero, como escucharían Atidamana o Abenchara desde las cuevas, o como resonaría un chaparrón en un patio mientras Mozart trazaba símbolos sobre un papel pautado. También imagino a Marcel Proust recostado en una cama, viendo llover en los campos para que esa lluvia mantuviera a salvo el sabor de la magdalena mojada en el té de su infancia.
Ahora miramos los móviles y vemos las posibilidades de lluvia en lugar de mirar al cielo o de perder la vista en el horizonte del océano para comprobar si las nubes están recogiendo el agua como nos enseñaron nuestras abuelas. Y llueve y todos sacan fotos o escriben en las redes sociales preocupados por cómo van a llevar a sus hijos al colegio o por cómo llegarán a sus trabajos, o por cómo caminarán por las calles sin resbalarse cada tres pasos. A medida que nos volvemos tecnológicos vamos perdiendo la capacidad atávica e innata de convivir con la naturaleza y con el paisaje. Recuerdo los días de lluvia en mi infancia, el barro por los caminos, la naturalidad con la que salíamos de casa con el paraguas o con la gabardina sin mirar ninguna aplicación de móvil y sin que nuestros padres andaran de un lado para otro preocupados por una lluvia que entonces casi se celebraba como una bendición de los dioses. Llueve, y lloverá mañana, y el año que viene, y dentro de mil años, y la lluvia nunca hará el ridículo como lo hacemos nosotros a veces cuando la miramos a través de las pantallas. La lluvia sí es una certeza, la vida real, el olor del tiempo en la tierra mojada.

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Las horas

El tiempo es una entelequia. Contamos las horas como si contáramos monedas, pero las horas vienen desde una lejanía que no somos capaces de concebir con nuestras ciencias. Los pájaros cantaban esta mañana a su misma hora de ayer, y ayer, en una visita a la presa de Las Garzas de Guía, volví a encontrarme con el vuelo de una garza que viaja de Europa a África huyendo del frío. No conoce inviernos ni veranos. Vuela siguiendo la memoria atávica de la naturaleza, ese tiempo que los humanos creemos que nos pertenece sin saber que no somos más que una anécdota en la infinidad del universo.

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Un viento que pasa

Nunca te acostumbras. La derrota es terca y nunca se parece a la anterior. La victoria te vuelve a confundir pensando que eres importante. Ni la una ni la otra detendrán al sol mañana. Y cuando tú no estés, cuando ni siquiera esté nadie que te conozca, ese fracaso o esa desbordante exaltación de la alegría serán como ese viento que hoy ha roto tu paraguas, un aire que pasa donde una y otra vez el ser humano se confunde y se cree eterno en medio de la nada, así de liviana es la existencia, un viento que quizá algún día rozará una cara para volver a sentir el calor de la piel humana, la caricia del tiempo que tantas veces olvidamos.