La iguana

Bajó las persianas y se encerró en su despacho. Llegó mucho antes que nosotros. No nos extrañó porque era habitual que llegara primero que nadie y que se encerrara a trabajar aprovechando el silencio de las primeras horas. Pero aquel día no salió en toda la mañana y cuando lo llamábamos por línea interna no descolgaba el teléfono. Cuando nos íbamos a marchar a casa todavía seguía encerrado. El jefe tocó en la puerta. Quiso abrir, pero estaba cerrada con llave. Vinieron los de mantenimiento y lograron abrirla en unos pocos minutos. Todos estábamos expectantes. Solo vimos una gran mancha de agua y una iguana gigante. Él no estaba por ninguna parte. Nadie hizo preguntas. Los de mantenimiento se llevaron la iguana y la señora de la limpieza secó el charco. Mañana me tocará a mí trabajar en ese despacho. Me han ascendido; pero en casa no he comentado nada. Mi mujer me ha dicho que he llegado con cara de sapo. He querido contarle lo de la iguana; pero tenía miedo a que se diera cuenta de que mi cara no era realmente la de un batracio.

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