La casilla en blanco

Siempre dejaba en blanco una casilla de los crucigramas. Nunca acabó ninguno. Sabía las letras que iban en cada una de esas casillas, pero jamás se atrevió a escribirlas. Nadie le pidió nunca una explicación porque esos crucigramas los resolvía siempre en su habitación, con la puerta cerrada. Él decía que se sentaba a escribir novelas, pero lo único que hacía era dejar esos crucigramas siempre a medias. Luego los doblaba y los rompía en decenas de pedazos. Si alguien le hubiera preguntado no habría sabido qué responder. Temía lo perfecto, lo que supuestamente ya estaba terminado. Prefería siempre los finales abiertos cuando leía novelas. Esa casilla en blanco la veía como una especie de ventana que uno abre hacia un espacio infinito que jamás se sabe donde termina.

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