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La iguana

Bajó las persianas y se encerró en su despacho. Llegó mucho antes que nosotros. No nos extrañó porque era habitual que llegara primero que nadie y que se encerrara a trabajar aprovechando el silencio de las primeras horas. Pero aquel día no salió en toda la mañana y cuando lo llamábamos por línea interna no descolgaba el teléfono. Cuando nos íbamos a marchar a casa todavía seguía encerrado. El jefe tocó en la puerta. Quiso abrir, pero estaba cerrada con llave. Vinieron los de mantenimiento y lograron abrirla en unos pocos minutos. Todos estábamos expectantes. Solo vimos una gran mancha de agua y una iguana gigante. Él no estaba por ninguna parte. Nadie hizo preguntas. Los de mantenimiento se llevaron la iguana y la señora de la limpieza secó el charco. Mañana me tocará a mí trabajar en ese despacho. Me han ascendido; pero en casa no he comentado nada. Mi mujer me ha dicho que he llegado con cara de sapo. He querido contarle lo de la iguana; pero tenía miedo a que se diera cuenta de que mi cara no era realmente la de un batracio.

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El hombre de menta

La conquistó gracias a aquel lumbago que le duró casi un mes. Durante ese tiempo tuvo que ponerse una crema que olía a menta. Ella se sintió inmediatamente atraída cuando se lo tropezó en la salida del metro. Él nunca había amado a una mujer tan bella. Miento: sí las había amado toda la vida, pero ellas se mostraban siempre distantes y jamás le hicieron caso. Al paso del mes, cuando se curó por completo el lumbago (los últimos días ya solo tenía pequeños ramalazos), ella se alejó de repente. No se atrevió a decirle que lo que le atraía era el aroma que dejaba la menta de aquella crema en su espalda. Si él lo hubiera sabido aún se estaría untando antes de salir de casa; pero ella no quiso herir su amor propio y regresó a su país sin dejarle ningún teléfono ni ninguna dirección donde poder localizarla.

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Las dos torres

Las dos torres no han envejecido de la misma manera. Una tiene la piedra más oscura y la otra más desgastada por el viento, la lluvia y ese solajero intenso que ilumina la ciudad cuando se marcha el alisio. Las tienes que mirar desde lejos, desde la calle Terrero, por ejemplo, o bajando desde el Risco de San Nicolás. Yo creo que también nosotros, si nos observáramos a una cierta distancia, veríamos que nuestro brazo derecho es diferente al izquierdo, o que incluso cada uno de nuestros ojos ha guardado vivencias diferentes. Y también cada hueso, cada músculo que no vemos y cada uno de esos poros que han ido sintiendo caricias, escalofríos inesperados o emociones que a veces nos convierten en privilegiados dioses pasajeros.
La vida pasa cerca de nuestro cuerpo, como ese viento que no se ve y que revuelve nuestros cabellos o nos espabila cuando caminamos con la mirada perdida por las aceras. Esas torres de la catedral de Santa Ana también han visto pasar la vida de mucha gente durante años. Ahora se puede subir a una de ellas para ver lo pequeña que se ve la ciudad cuando la observamos desde tan alto o desde tan lejos. Sucede lo mismo cuando te alejas en un velero y ves cómo se pierden los contornos en donde los ambiciosos y los trepas se siguen creyendo estúpidamente eternos. No sé qué piedras se pusieron primero, ni cuál de las dos torres se encaramó antes en lo más alto de una ciudad con barrancos por los que corría el agua camino del océano. La primera vez que percibí ese envejecimiento diferente pensé que a lo mejor solo era una percepción de mi propia mirada o un efecto producido por la posición del sol o por alguna nube que en ese momento se había empeñado en ensombrecer una de las torres centenarias. Pero luego me he dado cuenta de que cada piedra envejece de forma diferente, que da lo mismo que datemos una construcción en un siglo determinado, o que nos empeñemos en emparentar lo que el tiempo siempre separa a su conveniencia. No tiene nada que ver que alguien naciera en nuestro mismo año. Cada cual envejece o se conserva joven a su manera, o ve cómo se arruga su piel mientras su espíritu sigue manteniendo intactas las ilusiones de los veinte años. También cada uno suele tener la mirada que se ha ido trabajando con el tiempo. Somos como esas piedras que reciben el azote de los alisios o los rayos del sol que hacen olvidar el frío del invierno en nuestro propio cuerpo. Y si miramos todavía más cerca esas torres de la Catedral de Santa Ana, subiendo Obispo Codina o rodeándolas por Espíritu Santo, San Marcial o el Pilar Nuevo, veremos que en la torre más desgastada se empeña en crecer una planta que sueña con ser árbol y que algunas veces tiembla cuando repican las campanas o cuando azota ese viento que baja de la cumbre desde hace miles de años.