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El extravío de un sueño

Se extravió en un sueño. Lo supo cuando abrió los ojos y no sabía dónde estaba. En ese sueño caminaba entre calles que no conocía, como si de repente le hubieran cambiado la vida entera. Ahora se da cuenta de que era uno de esos sueños premonitorios de los que tanto se escribían en las tragedias griegas. Escucha lo que le explican a su hijo, el nombre de una enfermedad extraña, pero tampoco sabe que ese hombre es su hijo, ni que ese médico jugaba en su casa de pequeño cuando era él quien llegaba de la consulta y se tiraba en el suelo a jugar con ellos. Quizá en el próximo sueño termine encontrando la casa y las calles que han desaparecido de repente.

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Los otros nombres

El viejo te contaba que no eran nombres raros. Lo que sucedía es que tú no habías vivido los días del cine. Era el acontecimiento de cada semana. Cuando eran niños y no había televisión les parecían increíbles aquellos indios y aquellos vaqueros que siempre estaban a punto de caer de los caballos o de salir de la pantalla. Todos los domingos por la tarde tocaba soñar un rato. Se apagaba la luz y en aquel pueblo alejado del mundo aparecían Nueva York, las brumas de Londres o palacios centroeuropeos con reinas que parecían diosas. También participaban piratas o cómicos que hacían reír con una simple mueca. Ellos salían luego imitando todo lo que veían entre las calles de adoquines o en unas plataneras que muchas veces se terminaron convirtiendo en los bosques de Nottingham.
Más tarde, en la adolescencia, iban al cine con las novias, y allí encontraban la única oscuridad que les permitía dar los primeros besos como si fueran unos héroes enamorados que cambiarían el mundo con unos abrazos. Ya casados con aquellas primeras novias, seguían soñando en las sesiones de la noche que había otro mundo lejos de aquel pueblo y que, en cualquier momento, ellos podrían ser protagonistas de un drama o de una comedia como las que acontecían en Filadelfia o en Los �?ngeles. Durante dos horas cada semana eran felices y soñaban mucho más allá de la pantalla. De eso hace mucho tiempo. Ya no hay cine en el pueblo, y no hay ninguna televisión que se pueda comparar con aquel acontecimiento. Se apagaban las luces y comenzaban los sueños. Ese viejo te está contando un mundo que ya queda lejos. Yo viví los últimos años, con el cine como el gran centro de atención de cada semana. Por eso no te suenan de nada los nombres. Todos los viejos terminaban siendo alguno de aquellos actores. También sus mujeres eran Rita Hayworth, Katherine Hepburn o Greta Garbo. Luego esos nombres se iban encogiendo y alguien dejaba de ser María para ser Greta o en lugar de Nieves pasaban a llamarse Katherine o Marilyn. Ellos también fueron John Wayne, Montogorie Clift o Gregory Peck. No había actor o actriz de entonces que no encontrara su semejanza en el pueblo. Yo crecí escuchando aquellos ecos del celuloide cuando me mandaban a comprar a la tienda de Chaplin o a la mercería de Lana Turner. Él no se está inventando nada. Conoció a toda esa gente que nombra, primero en el cine y luego en las calles. Tendrías que haber visto la cara de quien todos llamaban Gary Cooper cuando repusieron Solo ante el peligro en el cine del pueblo. Nosotros, cuando éramos pequeños, también salíamos de las sesiones de los domingos siendo un personaje para siempre. Y aún hoy recuerdo a muchos amigos por el nombre de algunos de aquellos vaqueros de las películas de John Ford o con el apelativo de un pirata que todavía debe seguir navegando por mares de ensueño.

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Los clásicos

La infancia era como una playa que no acababa en ninguna parte. Las obligaciones llegaban en otoño con las clases, los horarios y los días más cortos y alejados de esa orilla en la que se confundía la brisa del mar con el griterío de amigos improvisados que se soñaban robinsones de un tiempo inventado entre las olas. Pero posiblemente lo único idílico sea el recuerdo que mantenemos de esa niñez que creemos siempre que era un paraíso.
Ahora regresamos al mar y nos bañamos en las mismas playas, y a veces revivimos esa sensación de paraíso que queda después de sentir el contraste frío de las aguas y ese rumor de los fondos marinos que termina adentrándose en nuestros propios sueños como pecios que quedaron olvidados en un océano sin nombre y sin pasado. Con el paso de los años vamos cambiando lo prioritario por lo rutinario, y lo que era una exaltación diaria de la vida por ese dejar que sean otros los que conduzcan nuestro destino sin decirles jamás lo que realmente deseamos. Estos días de agosto están siendo extraños, me acerco al mar con una niña que me recuerda cómo era yo cuando aún no tenía memoria, ni escribía, ni había empezado siquiera a ir al colegio. Todo en su mirada es alegría y la playa no es más que un Edén interminable en donde nunca quiere salir del agua. Por otro lado, estos días a un amigo le han diagnosticado una de esas enfermedades que siempre pensamos que les tocan a los otros, sin saber que esos otros también eran como nosotros hasta que alguien les cuenta que han de pasar por un quirófano y por sesiones de quimioterapia. Ese amigo entonces te cuenta que se arrepiente de todo el tiempo que ha perdido haciendo cosas que no le interesaban. Después de un derrumbe inicial está dispuesto a luchar para tener una nueva oportunidad de ser feliz y de regresar a la playa todo el tiempo. Uno asiste desde la distancia a esos contrastes diarios que nos regalan los días, y aprende que al final solo se trata de apostar al número que nosotros queramos, aun a sabiendas de que nos podemos estar equivocando. Solo aprenderemos de nuestros propios intentos, como esa niña que da las primeras brazadas ante un océano inabarcable mientras sonríe con la sonrisa más limpia y más feliz que uno pueda imaginarse, seguro que tan parecida a la que nosotros tuvimos a su misma edad en otros veranos perdidos entre la espesura del tiempo. Mi amigo me dice que si sale de esta vivirá la vida sin volver a ponerle nombre a los días en el almanaque. Está leyendo a Séneca. Me cita algunos párrafos. Cuántas veces olvidamos a Séneca o a Marco Aurelio. Despreciamos a los clásicos por cuatro aparatos informáticos; pero cuando has de verte cara a cara ante tu propio espejo, solo te quedan los sabios para recuperar esa alegría que una vez vivimos delante de una playa en la que creíamos que nunca terminaba la infancia.