Los rayos solares

Ayer el dermatólogo le dijo que no le gustaba nada uno de los lunares que tenía en su espalda. Le mandó a hacer una biopsia y le comentó que tenía mucho sol acumulado en su piel. Cuando era niña, hace cuarenta años, no usaba cremas cuando bajaba a la playa de Sardina y se tostaba saltando entre las olas o subiéndose a las rocas. Nadie le advirtió de los efectos nocivos de aquellos rayos solares que identifica con la felicidad más sublime que recuerda. Tiene miedo; pero se niega a maldecir al sol que le regaló los veranos más bellos de su existencia. Piensa en la paradoja de la vida y en la cara de aquel médico que hablaba de ese mismo sol como si hubiera consumido a sabiendas alguna droga prohibida y peligrosa.

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