Los lagartos

Se detuvo de repente. Los demás volvieron a sus cuevas y a las ranuras que había entre las piedras. Después de miles de años su piel se ha ido coloreando como las piedras de los barrancos. Se quedó quieto esperando que no lo descubriera en ese atavismo que cruzaba el destino de las piedras con el suyo. Nuestra trashumancia nos ha dejado al descubierto en medio de cualquier paisaje, pero los lagartos, que llevan muchos siglos escondiéndose de sus depredadores entre los mismos muros y las mismas piedras, sí se asemejan al terreno por el que transitan. Los extraños somos nosotros. Ellos estaban antes, y seguirán estando, mimetizados entre las rocas y los volcanes, cuando ya nos hayamos marchado todos del planeta.

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