Las cortinas de la ventana

Estudiaba las caras desde el otro lado de la cristalera. Día tras día, desde hacía cinco años, sabía del estado de ánimo de su ciudad viendo pasar a la gente, y hasta él mismo se veía afectado por lo que miraba. No sabía quién era el primero en aparecer sonriente o cabizbajo. Los que repetían los paseos eran tan proteicos como los no habituales. Un día descubrió que aquellos cambios de humor dependían de una ventana situada en una casona antigua de una de las calles peatonales más transitadas. Era la única que quedaba en la ciudad. Cada día cambiaban el color de las cortinas y últimamente no hacían más que elegir tonos oscuros, lóbregos, que entristecían la mirada. Hoy, sin embargo, han colocado unas cortinas luminosas de colores cálidos. Él pasó justamente cuando se detuvo el coche oficial delante de la casa y vio a un hombre subir con esa tela luminosa. Alguien determinaba el estado de ánimo de la gente sin que nadie se diera cuenta. Fueron muchos años mirando pantallas. Ahora solo queda esa ventana, y hacia ella miran los nietos de quienes hacían depender su humor de otros cristales sin cortinas llenos de imágenes y de falsas realidades.

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