Baldosas

No era una manía. Desde que era niño contaba las baldosas de todas las habitaciones en las que estaba mucho tiempo. Nunca se lo dijo a nadie. Aparentemente jugaba con los amigos, o ya más grande atendía a conversaciones más o menos trascendentes. A veces detenía esa cuenta y proseguía cuando los demás creían que estaba pendiente de ellos. El número que más se había repetido era sesenta. Ahora, cuando se siente extraviado, cierra los ojos e imagina partidas interminables en suelos con baldosas blanquinegras. Recuerda los pisos brillantes de las casas de algunos de sus amigos de infancia y mueve fichas imaginarias como mismo se movía con esos amigos durante muchas tardes. Se arrastraban por aquellos tableros como si fueran reptiles del Cuaternario. Sesenta siempre ha sido su número de la suerte y la suma de las fechas de los grandes momentos de su vida. Todos jugamos entre baldosas imaginarias por las que se cuelan los días y las noches eternamente, desde que éramos reptiles y hasta que seamos otro sueño más o menos invertebrado.

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