Publicado el

El espontáneo

Nadie se ha dado cuenta ni yo lo he contado jamás; pero si vieran mis películas con detenimiento lo verían siempre en algún plano. Como ya sé que su presencia es inevitable, en cada película hay una escena con grandes multitudes. A veces es un concierto y otras un plano a alguna calle de una gran ciudad o un acontecimiento deportivo. Él siempre aprovecha esos planos largos para mostrarse. No es un ególatra ni tiene ansias de protagonismo. No sé quién es, ni por qué necesita aparecer en la pantalla. A veces pienso que solo ruedo películas para que él pueda seguir existiendo.

Publicado el

Los rayos solares

Ayer el dermatólogo le dijo que no le gustaba nada uno de los lunares que tenía en su espalda. Le mandó a hacer una biopsia y le comentó que tenía mucho sol acumulado en su piel. Cuando era niña, hace cuarenta años, no usaba cremas cuando bajaba a la playa de Sardina y se tostaba saltando entre las olas o subiéndose a las rocas. Nadie le advirtió de los efectos nocivos de aquellos rayos solares que identifica con la felicidad más sublime que recuerda. Tiene miedo; pero se niega a maldecir al sol que le regaló los veranos más bellos de su existencia. Piensa en la paradoja de la vida y en la cara de aquel médico que hablaba de ese mismo sol como si hubiera consumido a sabiendas alguna droga prohibida y peligrosa.

Publicado el

El fuego y el abrazo

Cuando llegó el momento final y el fuego los rodeaba solo quedó un gran abrazo en el que refugiarse. Una taberna griega. Un azul intenso en el horizonte del Egeo, un incendio descontrolado y veinte personas fundidas en un gran abrazo. Todo lo que escribamos no llegará nunca a contar la emoción de esa escena tan parecida a lo que aconteció en Pompeya dos mil años antes. A nosotros solo nos queda la paradoja de un escalofrío en el alma ante el fuego que va quemando vidas a su paso.