El cautiverio

Cuando alguien muere de repente nunca tiene tiempo de contarle a nadie los detalles de su vida cotidiana. Si acaso ha acudido a un notario para legar sus bienes o deja dicho que quiere ser incinerado o enterrado en un determinado cementerio; pero casi nadie deja escrito lo que guarda en el congelador de su casa. Ella tenía dos pulpos enormes que habían congelado vivos en alta mar. Su casa llevaba cerrada ocho años después de su muerte y nadie se había preocupado de rastrear los fondos del congelador antes de echar el cierre. Llegó un momento en que falló la nevera y se descongelaron los filetes de pescado, los cubitos de hielo y también esos dos pulpos que después de tanto tiempo han conseguido sobrevivir fuera del agua. Todas las paredes están manchadas por las ventosas y por el vaho de sus respiraciones. Los vecinos no sospechan nunca de los cefalópodos. Sus rejos se enredan por toda la casa y ellos se abrazan en cualquier habitación como dos enamorados.

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