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El cautiverio

Cuando alguien muere de repente nunca tiene tiempo de contarle a nadie los detalles de su vida cotidiana. Si acaso ha acudido a un notario para legar sus bienes o deja dicho que quiere ser incinerado o enterrado en un determinado cementerio; pero casi nadie deja escrito lo que guarda en el congelador de su casa. Ella tenía dos pulpos enormes que habían congelado vivos en alta mar. Su casa llevaba cerrada ocho años después de su muerte y nadie se había preocupado de rastrear los fondos del congelador antes de echar el cierre. Llegó un momento en que falló la nevera y se descongelaron los filetes de pescado, los cubitos de hielo y también esos dos pulpos que después de tanto tiempo han conseguido sobrevivir fuera del agua. Todas las paredes están manchadas por las ventosas y por el vaho de sus respiraciones. Los vecinos no sospechan nunca de los cefalópodos. Sus rejos se enredan por toda la casa y ellos se abrazan en cualquier habitación como dos enamorados.

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El tablero

El cerebro es un gran tablero con el que jugamos a diario. No siempre mueve las fichas como queremos, ni nos deja ver el bosque de nuestras propias vivencias. Muchos lo comparan con una especie de mono loco que va de árbol en árbol y que nunca detiene el pensamiento. Ni siquiera en sueños logramos que descanse, aunque creo que si descansara nos acabaríamos muriendo de aburrimiento o hasta es posible que se olvidara de ordenarle al corazón que tiene que seguir latiendo.
Hace años que trato de jugar con todas las combinaciones cuando parece que solo hay un camino de salida. Basta un cambio de posición para observar lo que tenemos delante de otra manera. También es posible cambiarlo todo si jugamos con las neuronas como quien juega con los dados sobre una mesa de juegos. Por eso tienen razón esos mayores que dicen que los problemas hay que dormirlos para verlos con otros ojos al día siguiente. Se recoloca lo caótico y encontramos las soluciones que antes no atisbábamos por ninguna parte. Sucede como con esos objetos que no encontramos estando delante de nuestros ojos o como en los huecos de los crucigramas, que por más que lo intentas no aparece la letra que te permita dar con la pista de la palabra que estás buscando. Basta con alejarse un poco, o con salir a dar un paseo, para que ese mismo cerebro obcecado encuentre las llaves que casi dábamos por perdidas o para que resuelva el arcano que estábamos buscando en el crucigrama.
La mayoría de las veces somos nosotros mismos los que nos creamos los problemas. Supongo que eso tiene mucho que ver con nuestra imperfección humana o con el poco partido que le sacamos al cerebro. No hay pócimas milagrosas para evitar un duelo o para que no nos extraviemos de vez en cuando; pero creo que ya va siendo hora de que aprendamos a mirar con otros ojos. No hablo de negar el compromiso: esto tiene que ver más con la lucha personal de cada uno. No conozco ningún Ganges sanador, a no ser que me digan que el océano revitaliza, que en eso sí es verdad que creo, en Famara, en Guayedra o en Roque Prieto. A lo mejor si esto lo leen dentro de cientos de años se partirán de la risa con las conjeturas y con este tanteo entre sombras que es siempre el acercamiento a nuestro propio cerebro. Esa maquinaria perfecta que nos gobierna la conocemos menos que a nuestro ordenador o que al vecino que nos tropezamos por la calle. Nunca nos paramos a pensar en su grandeza y en todo lo que tuvo que suceder para que llegara a movilizar el cuerpo. También depende de ese órgano lleno de conexiones la música, la poesía o el sentido del olfato que nos orienta entre la panoplia confusa de los recuerdos. Incluso esa percepción de que la vida no es más que un sueño acontece en el cerebro. Y a lo mejor lo es. Un sueño lejano, extraño y cada día más complejo y más sorprendente.

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Las madres y los hijos

La madre y el hijo iban hacia Vegueta. Calle de Triana. 1975. Las Palmas de Gran Canaria. La madre y la hija venían hacia San Telmo por la misma calle. Las dos madres habían estudiado juntas en las Dominicas. Se paran a tomar un café. El niño y la niña juegan. Los dos tienen cuatro años. La madre de la niña muere al año siguiente y el padre se la lleva a vivir a Madrid. El niño, ya con treinta años, se cruza con la mirada de una mujer en la Gran Vía. Se enamoran y viven juntos. Ella le dice que vivió en Canarias pero que no recuerda nada. La madre de él murió el año que se trasladó a Madrid a estudiar la carrera. Ahora están por Triana. Ninguno de los dos recuerda que se habían mirado y que habían jugado en esa calle hacía treinta y cinco años.