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El cautiverio

Cuando alguien muere de repente nunca tiene tiempo de contarle a nadie los detalles de su vida cotidiana. Si acaso ha acudido a un notario para legar sus bienes o deja dicho que quiere ser incinerado o enterrado en un determinado cementerio; pero casi nadie deja escrito lo que guarda en el congelador de su casa. Ella tenía dos pulpos enormes que habían congelado vivos en alta mar. Su casa llevaba cerrada ocho años después de su muerte y nadie se había preocupado de rastrear los fondos del congelador antes de echar el cierre. Llegó un momento en que falló la nevera y se descongelaron los filetes de pescado, los cubitos de hielo y también esos dos pulpos que después de tanto tiempo han conseguido sobrevivir fuera del agua. Todas las paredes están manchadas por las ventosas y por el vaho de sus respiraciones. Los vecinos no sospechan nunca de los cefalópodos. Sus rejos se enredan por toda la casa y ellos se abrazan en cualquier habitación como dos enamorados.

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Las madres y los hijos

La madre y el hijo iban hacia Vegueta. Calle de Triana. 1975. Las Palmas de Gran Canaria. La madre y la hija venían hacia San Telmo por la misma calle. Las dos madres habían estudiado juntas en las Dominicas. Se paran a tomar un café. El niño y la niña juegan. Los dos tienen cuatro años. La madre de la niña muere al año siguiente y el padre se la lleva a vivir a Madrid. El niño, ya con treinta años, se cruza con la mirada de una mujer en la Gran Vía. Se enamoran y viven juntos. Ella le dice que vivió en Canarias pero que no recuerda nada. La madre de él murió el año que se trasladó a Madrid a estudiar la carrera. Ahora están por Triana. Ninguno de los dos recuerda que se habían mirado y que habían jugado en esa calle hacía treinta y cinco años.

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Mundiales

Se levanta temprano para que el amanecer no le sorprenda nunca con los ojos cerrados. Sale de la cama, se lava la cara y se dirige a la calle. No tiene un rumbo fijo y ni siquiera sabe hasta dónde le llevarán sus pasos. Le gusta mirar con detenimiento todo lo que se va encontrando. Reconoce los olores del café, del océano cercano o del pan recién horneado. A veces lleva unos cascos y va escuchando música clásica. Los domingos por la mañana se cruza con esos noctámbulos que salen de fiesta pensando que jamás llegará la mañana. Los ve medio sonámbulos huyendo de la luz, pálidos y desaliñados, cuando se encuentran con los mendigos que a esas horas comienzan a desperezarse en medio de los cartones de algunos portales. Entre semana sale un poco antes de que los niños comiencen a ir al colegio. También él se recuerda yendo a la escuela y le parece que fue ayer mismo cuando iba memorizando fórmulas o recitando poemas que tenía que leer en voz alta delante de todo el mundo.
Le gustan los meses en que se despierta escuchando el trino de los mirlos. También le atraen los barcos cuando parten del muelle justo antes del alba. Todos los días se detiene en la misma cafetería a desayunar. Da lo mismo que sus pasos le hayan llevado más lejos de lo previsto o que se extravíe entre los barrios recién construidos. Le gusta leer el periódico de papel. Siempre de atrás hacia delante. Esa costumbre la tiene desde que era niño y cogía el periódico de su padre para mirar los resultados del fútbol y la cartelera de los muchos cines que entonces había por todas partes. Estos días comienza otro Mundial de fútbol. Es capaz de ordenar su existencia según los distintos Mundiales que ha ido viviendo. Podríamos decir que son asideros en su memoria cada día más olvidadiza. Recuerda una vieja radio de galena hablando de Pelé en los años cincuenta, los meses del cuartel durante el Mundial de Inglaterra, el nacimiento de su primer hijo justo dos días después de que Alemania ganara el campeonato del 74, los goles de Kempes en Argentina o el fracaso de España en el 82. Del Mundial de Estados Unidos no le queda un buen recuerdo. Por esas fechas murió su esposa, aunque luego en el de Corea y Japón vio nacer a la primera de sus nietas. También gritó como un loco cuando Iniesta marcó el gol en la prórroga del Mundial de Suráfrica. Después de tantos fracasos nunca pensó que vería a España levantando la Copa del Mundo. En el periódico también aparecen noticias que se olvidarán en un par de días, debates políticos, dimisiones, detenciones, sucesiones o fiestas patronales. Aún no sabe qué acontecer de su vida cotidiana quedará unido en el futuro con estos Mundiales. Regresa a casa cuando todos empiezan a salir a la calle. Estos días su soledad será un poco más llevadera. Siempre viene uno de sus nietos a ver con él los partidos de España.