Pájaros

Andrés vive en el vuelo de los pájaros. Tiene dos perros pequeños y abúlicos, un transistor asmático, una silla plegable desfondada y unos prismáticos. Lo veo venir todas las mañanas y sentarse durante horas en el límite del acantilado. Yo a veces paso corriendo junto a él. Los perros me ladran mientras respiro atento a los números del pulsómetro. El corazón es una víscera delicada que hay que controlar a partir de los cuarenta años.
No hace falta observarlo mucho rato para darse cuenta de que ese hombre no está bien de la cabeza. Habla solo mientras sigue el vuelo de los pájaros. Casi todos hablamos solos o fingimos que lo hacemos por un teléfono móvil. Esa ya no es una razón para etiquetar locuras. He dicho loco como podría haber dicho superviviente. No sé qué hace cuando recoge su silla y camina cojeando con sus perros hasta perderse en la carretera que conduce a la ciudad. Allí dentro supongo que será objeto de burlas o que pasará tan desapercibido como pasamos todos en las grandes ciudades. Trato de pasar muchas veces a su lado durante mi recorrido deportivo diario. Intento escuchar lo que va diciendo mientras está concentrado en el vuelo de un cernícalo, de un mirlo o de una de esas abubillas nerviosas que siempre parece que se van a deshacer en el aire en cualquier momento. Incluso a las mariposas que a veces vuelan junto a él las mira a través de los prismáticos.
Habla como si volara junto a los pájaros. No se dirige a los perros ni al viento. Se debe sentir aliviado volando tan lejos. La mitad del tiempo lo pasa con una sonrisa de oreja a oreja dibujada en su rostro. Se conoce que es feliz siendo otro y volando tan alto.

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